Juguetes de Dalí

Los hombres ya no me visitan, corre el rumor que los devoro. Es que soy muy apasionada. La culpa de aquellas habladurías la tiene el famoso Pedro Cinzano quien llegó a trabajar en la misma fábrica que yo, ensamblando prótesis, en la sección de nalgas derechas. Me encantó desde un principio con esa cara de niño inocente y algo retraído al hablar, me envolvió el corazón y principalmente el cuerpo que a esa altura ya se manifestaba pidiendo un poquito de intercambio corporal. Lo abordé muy rápido, como acostumbraba a lanzarme cada vez que tenía una presa en la mira. Una cerradita de ojos, un insinuante movimiento de cadera y mucha sonrisa, nunca fallaba mi truco. Concertamos la cita en mi casa. Ese día llegué más temprano que de costumbre para acicalarme y preparar la noche de pasión. Mis “dildos” adorados, que decoraban la estantería de mi hogar, sonreían apenas me vieron entrar. Estaban erectamente felices porque esa noche los dejaría descansar. Habría pausa, respiro y de mí solo escucharían el júbilo que causaba el intimar. Les tenía nombres y hasta les conversaba como que fueran mi familia. Estaba el “Rompecatres”, el “Monte de Venus”, el “Bilbo Bolsón”, entre varios, pero mi favorito sin lugar a duda, el que adornaba mi mesita de noche, lo llamé “Handsolo”. Es que cuando nos tocaba estar juntos me imaginaba a Harrison Ford piloteando el Halcón Milenario. Pero no podía tenerlos a la vista y que me robaran el protagonismo esa noche. Los cubrí con trozos de tela que especialmente mandé a hacer para esas ocasiones, con diseños y colores de varias temáticas. Pedro llegó nervioso, observó las figuras tapadas y seguro le llamo la atención, pero no lo dejé preguntar y al segundo le planté un beso francés tan apasionado que la lengua le quedó colgando como un perro sabueso. El pobre me miró desconcertado, nunca imaginó que sería atacado tan rápidamente, pero sospecho que le gustó ya que enseguida procedió a tocar mi voluptuoso cuerpo sin control, admirando seguramente mis pechos gigantes y mi figura rolliza perfectamente renacentista que tanto encantaba a los caballeros.  ¡Nada de flacas famélicas! me repetía mentalmente para nunca sentirme acomplejada. El ejercicio comenzó muy acalorado, con dulces caricias que aventuraban una incursión impecable. La ropa voló en un abrir y cerrar de ojos, nada de conversación, excepto gemidos locos.  Y no recuerdo más porque en un momento era tanto la electricidad que me recorría el cuerpo, que sentí que me elevaba de esa cama casi exorcizada por el placer. La cabalgada era perfecta, rítmica, casi a la inglesa. Inesperadamente “Hansolo” empezó a vibrar de alegría celebrando mi galope, llegando a sacarse el paño que estratégicamente lo cubría. Curioso era el caso ya que ni batería usaba.  Yo lo miraba de reojo sonriendo como que estaba dentro de una pantalla del Teletrack. En forma inmediata, mis juguetes empezaron a despertar uno en uno. Tenía una propia hinchada de aparatos sexuales haciendo barra de la maravillosa performance.  Me sentí profundamente animada a tal punto que empecé a morder a mi compañero. Comencé por las orejas, la erótica manzana de Adam, hasta que no pude más y bajé camino al sur buscando ese órgano tan deseado. Sin querer lo mordí fuerte, robándole un pedazo, pero es que el fervor del momento me hizo levitar como si estuviera haciendo cumbre en algún monte del Himalaya y solo quería morderlo en señal de agradecimiento.  Pedro gritó de dolor y se apartó de la cama mientras los “dildos” vibraban al unísono haciendo eco de tan hermosa batalla de pasión. Estaban tan orgullosos de mí que se quisieron unir arrastrándose como gusanos hacia la cama, algunos empujados por el vibrar de las baterías y otros arrastrados por las vibraciones. Mi amante sangraba, yo en trance, aferrándome a la cama que con tanto movimiento parecía querer despegar del suelo con potencia endemoniada.  No me di cuenta en qué momento desapareció. Ni siquiera me dio tiempo de devolverle el trozo de piel que desgarré con tanto entusiasmo. Pedro nunca más se acercó a mí, pero sentí que en la fábrica todos me miraban muy raro desde ese día. Especialmente los hombres que ni intentaban conversarme, es más, ni siquiera hacían contacto visual, como que fuera una especie de medusa queriendo convertirlos en piedra o más bien dejarlos como piedra.

Mientras ensamblaba concentradamente las piezas de una prominente nariz aguileña, mi mejor amiga, percatándose de la situación, se acercó sigilosamente y me dijo al oído: — Anita, ¿por qué los muchachos te llaman “la LINDA BLAIR”?

Cecilia Saa

Nacida en San Felipe (Chile) escribe desde la austral ciudad Punta Arenas se ha ido formando en talleres de escritura y ha participado en concursos literarios con importantes resultados. Más de su trabajo se puede encontrar en Revista Mal de Ojo y en revista FemPatagonia donde semanalmente publica microrrelatos relacionados con temas femeninos.

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