Teléfono descompuesto

Arrancábamos este verano en una playa de Torremolinos.
Mi marioneta y yo estábamos decididos a comernos aquel paseo marítimo lleno de gente; “Coco y su piano” estaba a punto de empezar, un espectáculo donde un tortugo toca piezas de jazz con un piano de cola.
Como en cada ciudad que llego empiezo a hacer parte del mobiliario urbano; los camareros me saludan, los niños ya me reconocen cuando voy caminando y las empleadas de las tiendas me preguntan las típicas preguntas de siempre: ¿Se gana mucho? ¿Cuánto tiempo llevas con el muñequito? ¿Tienes familia? ¿Vives debajo de un puente?
También voy reconociendo a los sucesivos personajes de Torremolinos, la fauna local es parte del paisaje de La Carihuela. Jaime, que viene por las noches a tocar blues con su guitarra y me llama Pablo, no sé porqué. El heladero argentino, que me cabecea cada vez que me ve y me pregunta cómo me fue hoy… Pero hay un personaje que me llama la atención, aparece siempre detrás mío, descalzo con camisa desabrochada y una radio chiquita con antena hablando como si fuera un teléfono. – sí, aquí estoy… dando un paseo por La Carihuela… te dejo, chau. –
El hombre me mira, me saluda con la cabeza y se dirige hacia la papelera que está enfrente mío, la revisa y descubre una latita de cerveza, la coge y vuelve a hablarle a la radio mientras se marcha bebiendo las gotas que quedan.
Al otro día la misma escena, el hombre hablando con la radio, fuerte para que lo oigamos todos los transeúntes y yo, que curiosamente estoy con Coco.
— Si, estoy yendo… pero esperarme que llegue—. Mira la radio, aprieta un botón como si cortara la conversación, baja la antena, me mira, me saluda con la cabeza y se dirige nuevamente a la papelera, esta vez encuentra un donuts deformado y mordido. Antes de comérselo me mira, y sigue caminando.
Cada vez que «habla por teléfono» toma una postura corporal y una voz realmente brillante, un actor que se lo creía. Empecé a preguntar por él, si lo conocían, si sabían quién era. Todos me contestaban lo mismo, era un hombre de negocios, la mujer lo había dejado hace muchísimos años y él enloqueció, ahora se pasa el día vagando, duerme en las playas y come de los restos de basura, me aseguraban que no era peligroso, pero nunca, nunca le mires a los ojos, no lo soporta.
Siguiendo estas instrucciones cuando aparecía lo observaba, pero cuando él se percataba de que lo estaba mirando enseguida disimulaba y miraba a Coco.
Ayer mientras preparaba el escenario con su cartel, las partituras e intentaba desenmarañar las cuerdas de Coco sentí una mano en mi hombro, al girarme era él, con su radio en mano, me miró fijamente y me dijo.
— Es para ti— con la radio en mano estiró su brazo para que yo cogiera la llamada. Noté que todos paseantes estaban observándome, las camareras se codeaban entre ellas y murmuraban, el heladero que observó todo sirvió un helado de limón en vez de crema americana, los niños detuvieron sus patinetes y sus triciclos. El guitarrista que de lejos me miraba, dejó de tocar.
Yo, por primera vez no supe qué decir, el clown que vive en mí se había quedado mudo. Sudaba las manos y hasta Coco me miró.
— ¿Estás seguro de que es para mí? — le pregunté.
— Tu eres Diego, ¿no? — me contestó casi confirmándolo.
— Sí— contesté con temor.
Le cogí la radio con respeto.
— ¿Hola? — dije con voz firme.
— Sí, soy yo—.

Coco – Fotografía enviada por el autor.

Diego Martín Migliori
Argentino, desde España

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