Disyunción

Siete hombres yacían muertos sobre una laguna de sangre. Sus sacos, corbatas y sombreros, estilo dandy, estaban rasgados por ráfagas de balas. Varios billetes, ensangrentados, estaban arrojados por doquier en la bodega de un edificio de almacenamiento de tres pisos. Suceso que estaba relacionado con el crimen organizado de la ciudad de Verfall.

El detective Jhon Endeavor Grant detalló aquello con desdén. Era el encargado de la investigación de crímenes violentos. Último caso en su turno de ese helado, lluvioso y pesimista jueves.
Él y tres compañeros policías, arribaron después de una llamada anónima:

—“Escuché disparos en la Quinta con Roswell”.

Endeavor, mientras detallaba los cadáveres, anotó una pregunta en su libreta:

«¿Matones de Louc D’Angelo?».
Uno de los dos policías al interior —porque el tercero se quedó afuera esperando instrucciones— que observaban la escena del crimen, Gardener, intercambió una mirada inquisidora con Endeavor.

—¿Qué cree, detective?
Endeavor exhaló con agobio. 
«¿Ajuste de cuentas? ¿Disputa interna?», escribió de seguido.
—Sí, seguramente serán miembros de Louc D’Angelo —declaró Endeavor a su compañero policía. Asintió—. Ajustes de cuentas o disputa interna. Seguramente…

A pesar de la apariencia supuestamente amable de Louc D’Angelo, de su bigote de escoba estilizado y peinado partido a la mitad. Traje y corbatín. Siempre acompañado de las mujeres más atractivas en la ciudad de Verfall. Cualquiera podía preguntar y obtener las mismas respuestas, obviando posibles consecuencias de hacer preguntas innecesarias. Y es que D’Angelo lo dominaba todo: apuestas, prostitución, drogas, territorios, incluso la mayoría de agentes en la policía. Nada ni nadie podía detenerlo, era una apisonadora, una maldita fuerza de maldad imparable.

—No lo dudo… —respondió Gardener—. Supongo ambas.
Endevour soltó un sonido meditativo. Después indicó:
—Iré a fumarme un pitillo.
Fumar le ayudaba a pensar.
—¡Claro! —respondió su compañero.
Endeavor salió del edificio. En la zona más antigua de la ciudad, normalmente solitaria. Sacó un cigarrillo, luego llevárselo a la boca y encenderlo, aspiró hondo. Soltó una humarada.

—Louc D’Angelo… —musitó con agobio.
Entonces el detective novato Damian Cox Wagner —que esperaba fuera—, se acercó a Endevour.
—¿Cómo está la situación, detective?
—¿Situación? —preguntó de inmediato, confundido.
—Adentro.
—¡Ah…!, sí, sí… varios dandy baleados, billetes arrojados. Parece un ajuste de cuentas o una disputa interna. 
—Parece que D’Angelo pierde control… —expresó mientras miraba hacia ambos lados de la calle.
La mirada de Endevour cambio: expectante.
—Día a día suma detractores —respondió Cox al regresar la mirada a Endevour—.  Si recolectamos las pruebas podremos…

—No sé —interrumpió Endevour—. Normalmente estos casos quedan sin resolver, novato.
—¿P-Por qué? —Cox frunció el ceño.
Después de exhalar otra bocanada de humo, Endevour contestó:
—Mira novato: hay “poderes subterráneos”, poderes con los cuales es mejor no meterse…—Cuándo dices “poderes subterráneos” hablas de D’Angelo, supongo.
Endevour, taciturno, arrojó la colilla al suelo para pisarla. Movió su cabeza en confirmación.
—Somos los buenos, deberíamos proteger la ciudad, detective. Cambiarla —siguió Cox. Mostró absoluta expectación.
Esta vez fue Endevour quien plegó el entrecejo.
—Díselo a nuestros jefes —respondió irónico. Colocó mirada amable—. ¿Quieres un consejo novato…?
Cox asintió de manera tímida.
—Entiendo tu manera de pensar, novato: alguna vez pensé igual que tú, pero no se puede. No en Verfall.
—Podríamos hablar con el jefe Stutgart. Explicarle…
Endevour chasqueó la lengua en el paladar. Mostró una sonrisa inquietante.
—Novato, Verfall ya es un nido de ratas: grises, gordas, trasmisoras de enfermedades. D’Angelo es una de las ratas más grises y gordas. Tiene las peores enfermedades corriendo por su sangre. Es el rey de las ratas. Muchas otras ratas están amarradas de su cola a la de él. Meterte con D’Angelo es una sentencia de muerte. Lo mejor que te puede pasar es una reasignación lejos de la ciudad y lo peor… bueno, es un ramo de rosas para tu esposa.

—¿Un-Un ramo de rosas para Amanda?
—Sí…
—Detective… ¿quiere decir que el jefe Stutgart está untado?
—No agregues palabras de más en mi boca. Solo dije que hay ratas en la ciudad amarradas de la cola a D’Angelo…
Cox mostró gesto frustrado: rojo como un tomate. Terminó asintiendo, incomodo.
—Llamaré a los de criminalística —continuó Endevour. Señaló hacia el edificio y luego hacia su coche: un Lincoln Continental de 1970, de color negro y de techo rígido—. Debemos evitar que estos cuerpos atraigan “moscas”.
—¡Va-Vale…!, detective.

Endevour entró al coche y antes de hacer la llamada radial, solicitando criminalistas, apoyó ambas manos en el volante. Movió su cabeza en negación: frustración realmente.

«Pobre novato…», declaró alguien en el asiento trasero del coche.

Endevour se sobresaltó al escuchar esa voz grave, por lo que de inmediato miró al retrovisor, descubriendo la insólita verdad:

—¡¿Tú?!
«¡Hola, Endy!».

Él mismo, Jhon Endeavor Grant, estaba sentado en el asiento de atrás: mismo rostro curtido y barbado de algunas semanas, mismo traje sin corbata con gabán y fedora de color negro. Aquel ser, “su otro yo”, era lo que Endevour denominaba “End”, fragmento de su nombre, final en español, porque cuando End tomaba el control del cuerpo sucedían cosas terribles, era igual que liberar de grilletes a una bestia furiosa: impulsiva y destructora.

«¡Ja!, eres buen mentiroso Endy, pero ¿ajuste de cuentas?, ¿disputa interna?, Ja, ja, bueno, supongo que cada quien se labra su propio destino: ¿matones de Louc D’Angelo? ¿Qué se podría esperar?», repuso End, sonriente. Movió su cabeza en negación. Alzó el índice derecho en apoyo al movimiento de la cabeza. «Tú lo sabes. Yo lo sé».

—Cállate…

«¿Callarme? Ja…», chasqueó la lengua en el paladar varias veces como una señal de negación. «¿Quién me callará?, ¿Tú?».

—Sí…

Carcajeó desaforado llevándose ambas palmas sobre el abdomen.

«No has podido callarme… ¿en cuánto tiempo?, ¿cinco?, ¿nueve años?».

—Nueve… —respondió Endevour, frustrado. Exhaló con frustración después de responder.

«¡Exacto!, nueve lindos años».

—¿Lindos? —gruñó—. No les veo nada de lindos, imbécil… tantas cosas malas he enfrentado por tu culpa.

«Cierto… Cierto… Puede que no sean tan lindos, pero no es todo por mi culpa. Ver morir a Verónica a manos de los matones de D’Angelo, fue…».

—¡Cállate! —vociferó Endevour. Abrió y buscó algo en la guantera, desesperado.

«No. No están ahí, Endy».

—¿Q-Qué? —Endevour colocó mirada inquieta—. ¿Dónde los…?

«¿Dónde dejaste los ansiolíticos?».

—No, tú ¡¿dónde los dejaste?!

«Quedaron en la misma cama de hotel donde follamos con esa prostituta».

—¡¿Ah?! ¡No! ¡Tú lo hiciste y me obligaste a verlo!

«¡Ay…!, pobrecito Endy quien nunca ha estado con una mujer… discúlpame…», habló en ironía mientras hacía un gesto burlesco.

—¡Cómo sea!, ¡no me jodas…! —respondió Endevour después de gruñir. Golpeó fuerte el volante con las palmas. Quiso darle un cabezazo al volante. Agregó con rabia—: No pueden haberse quedado en el hotel…

«No. No te jodo, Endy».

—Deja de llamarme así, maldita sea…

«Endy es de cariño». 

—Aún no entiendo la llamada que hiciste… ¿“Escuché disparos en la Quinta con Roswell”? ¿Qué pretendías?

End mostró una sonrisa lúgubre. Pero pronto exhibió una mirada rauda, dirigida a fuera del coche. 

«Tenemos compañía…».

—¿Quien? —Endevour alzó la mirada descubriendo al novato acercarse: frenético—. ¿Qué pasa…?

«El novato».

Cox tocó la ventanilla del coche.

—¿Qué pasó novato? —respondió Endevour en tanto salía fuera del coche.

—Detective Endevour —Cox mostró gesto expectante—. Encontramos algo inquietante…

«Inquietante…», expresó End, cerca de ambos. «No me gusta su tono».

—¿Q-Qué?, ¿qué encontraron?

«¡Carajo, Endy!, parece que estamos en problemas».

Endevour quiso gritar “cállate”, pero de hacerlo, no podría explicarlo al novato. 

—Debemos ir, detective —prosiguió Cox—. Estará sorprendido como yo cuando lo descubra.

—¡Va-Vale…!

«Tranqui’ Endy, cuidaré tu espalda», End mostró esa sonrisa muy blanca de dientes muy parejos, inclinando la cabeza hacia el frente, perturbadora.

Endevour y Cox ingresaron al edificio. Endevour, consciente que End le seguía de cerca como su sombra. Avanzaron hasta una puerta en el segundo piso, que, Endevour, estaba seguro no haber visto antes. 

—Esta puerta no estaba…

—Realmente sí estaba, oculta tras unos andamios —respondió Cox—. Adentro ya están los oficiales Gardener y Brown.

En el instante que Endevour siguió a Cox dentro de la habitación, descubrió —además de una ventana al exterior— cinco pantallas de treintaidós pulgadas interconectadas a un computador, que mostraban, desde lo alto, la escena del crimen y los alrededores del edificio.

«¡Oh! ¡Endy!, estamos en problemas», indicó End de brazos cruzados.

Endevour sintió que su respiración y ritmo cardiaco se aceleraban con frenetismo como lo haría un dragster. 

¿Cómo End ignoró aquel pequeñísimo, y delicado, detalle?

Ahí estaban los oficiales Gardener y Brown, quienes tomaban apuntes.

—¿Han-Han visto los videos? —preguntó Endevour.

—No, estábamos esperándole detective —expuso Brown—. Necesitamos alguien con experiencia.

—No creo que… —intentó hablar Endevour.

—Debemos hacerlo, detective. Protocolo.

—Sí… protocolo… —completo el otro oficial, Brown.

Ciertamente Brown tenía razón. Y Endevour no podía hacer nada para evitarlo.

Brown tanteó el único teclado conectado y retrocedió la grabación al instante en el que ocurrieron los hechos.

«Aquí vamos…», indicó End con una sonrisa enorme. «Ya quiero ver sus caras».

Endevour tragó saliva, que pareció bajarle lento como petróleo caliente.

Y en la pantalla la escena se reprodujo:

En el video las siete víctimas estaban discutiendo enérgicamente, algunos de ellos fumaban cigarros: 

—“¡Maldición!” —vilipendió uno de los hombres—. “D’Angelo conoce de nuestros movimientos. Que sacamos beneficio de la mercancía en la frontera Este de la ciudad”.

—“Estamos en problemas… serios problemas…” —declaró otra de las personas.

—“¿Y dónde está el infiltrado?”

Continuaron hablando. Minutos después entró en escena un hombre idéntico al detective Endevour. No solo idéntico, realmente era Endevour.

Todos, Gardener, Brown y Cox quedaron atónitos con sus bocas abiertas. Rebotaron sus miradas en Endevour: tanto en el video, como ahí atrás. Después regresaron su atención a la pantalla.

«¡Ja! Creo este es mi momento de actuar», clamó End.

—¿Qué…? —preguntó Endevour y musitó nervioso—: ¿Q-Qué harás?

«Solo mira Endy…».

Y en ese momento Endevour fue poseído por End, como esos actos descritos en la religión cuando un demonio hurta un cuerpo: dejando a Endevour como un mero espectador.

—“¡Detective Endevour!” —Saludó uno de los hombres en el video—. “Pensaba se habría olvidado de nuestra pequeña “cita””.

—“No me olvidaría” —respondió Endevour en el video. Caminó cerca de los hombres—. “Bueno, ya estoy aquí… ¡cuéntenme!”.

—“Pues aquí estamos, preocupados, porque suponíamos que te encargarías de desviar la atención del señor D’Angelo. Pero resulta que no fue así. Ahora D’Angelo sabe de nuestras movidas…”.

—“Bastante problemático” —apoyó otro de los hombres en el video, apretándose los nudillos.

—“Sí, lo sé” —respondió Endevour en el video, seguro de sí mismo.

—“¿Qué harás al respecto?”.

—“¿Hacer?”

—“Sí…”.

—“¡Atentos a lo que haré!”.

—“¿Qué?”.

Y en el video Endevour de su gabán sacó un subfusil con el que, sin dilación, ametralló al grupo de hombres.

Mientras Cox, Gardener y Brown estaban enfocados en la pantalla, Endevour, en un rápido movimiento, tomó el revolver de servicio de la pistolera del Cox.

—¡Préstamelo novato! —declaró End, entre tanto disparaba a las cabezas de Gardner y de Brown: muerte inmediata.

¡Bang! ¡Bang!

«¡No!», gritó Endevour como mero espectador.

Cox también replicó el grito:

—¡No!

Cox, impulsivo, respondió dándole un golpe a End en la mano provocando que arrojase el arma. Y entonces Cox se abalanzó contra su ahora enemigo en una andanada de puñetazos. End se vio sobrepasado por unos cuantos golpes.

Cox, a pesar de su notable juventud, era cinturón azul en karate. Conocía lo necesario para defenderse cuerpo a cuerpo.

Dos golpes a la cara y un gancho al mentón. Finalmente lanzó un poderoso puño a la mejilla derecha de End que retrocedió.

«¡Carajo! ¡Carajo!».

—¡Mierda! —clamó End, tranquilo. Lanzó un escupitajo sanguinolento al suelo—. Pegas durísimo… novato.

Y aunque Cox fuese karateca, Endevour entrenó duramente durante años su cuerpo: dominaba cinco diferentes estilos de combate cuerpo a cuerpo y estaba acostumbrado a recibir puños, patadas, disparos y puñaladas. 

—¡Cállate!, ¡maldito traidor…! —chilló Cox.

—Discurso del bien y el mal en tres, dos, uno… —musitó End: en un tono casi inaudible.

—¡¿Por qué?!, ¿por qué detective Endevour…? ¡Éramos los buenos!

—¿Por qué trabajo con D’Angelo? —completó End mientras se quitaba el guante de la mano derecha.

«¿Qué harás?», preguntó Endevour, preocupado al ver a End quitarse el guante: y este le ignoró.

Cox afirmó.

—No te mentiré: hace años los matones de D’Angelo mataron alguien importante para mí.

Cox se mantuvo expectante.

—Mi prometida. Así que decidí infiltrarme en la organización de D’Angelo para desde dentro hacerla colapsar. Llevo varios años haciéndolo. Esos siete —señalando la pantalla—, eran basura, escoria, cierto, y yo necesitaba inculpar a alguien para que las sospechas se alejaran de mí… Había preparado todo, incluso me deshice del subfusil, pero se me pasó por alto las cámaras.

—¡Carajo…! —reclamó Cox. Quien rebotó su mirada en la pantalla, los cuerpos en el suelo y en el detective.

—Discúlpame novato…

—Yo… Yo siempre pensé que eras de los buenos, detective…

Antes de que Cox terminase de hablar, End sacó su pistola de dotación —tomándola con la mano sin guante— y apuntó al pecho de Cox.

«¡No! ¡No! ¡No! ¡¿Qué haces?!», clamó Endevour.

—¡Espera! —gritó Cox, asustado.

¡Bang!: Disparo certero.

Cox cayó de rodillas con una cascada de sangre brotándole desde la herida.

—¡Mi-Mierda!, ¡detective!

End caminó hacia Cox, despacio. Cuando estuvo cerca, dijo:

—Buenos y malos, ambos resultan caras diferentes de la misma moneda. Nietzsche, mencionó en algún momento: “Si miras fijamente al abismo, el abismo te devuelve la mirada”. Aquí en Verfall el bien y el mal son conceptos demasiado difusos…

—¡No…!, yo no…

—Sabes mucho novato. Muchos riesgos que vivieras sabiendo lo que sabes.

«¡No!».

Y End disparó en la cabeza de Cox, quien cayó al suelo como un muñeco de trapo.

—¡Carajo!, agradezco haberte interrumpido para que no llamaras a los de criminalística…

«¡No!», lamentó Endevour, paralizado. «¡Imbecil! ¡Cox era de los buenos! Tenía esposa y… ¡Carajo!, esperaba un bebé. Gardener y Brown estaban untados, malnacidos, sí, corruptos, pero Cox no».

—Se la historia, Endy —expuso End haciendo un gesto burlesco de limpiarse las lágrimas. Caminó hacia el arma del novato mientras se colocaba de nuevo el guante—. Pero tal como le dije al novato: sabía demasiado.

«¿Si ibas a matarlo desde el principio, porque no hacerlo junto a Gardener y Brown?».

End movió su cabeza en negación.

—¿Recuerdas el caso “Dominico” Endy?

«¿El caso “Dominico”?».

—Sí, hace tres meses, joven de veintitantos años, víctima de atraco en su apartamento.

«¡Eh…! ¡Sí! ¡Ya recordé…!», declaró Endevour luego de pensar un poco. «Pero no entiendo, ¿por qué lo mencionas ahora?».

End tanteó su brazo. Buscó una zona que no comprometiera su movilidad.

—Ernesto Dominico estaba herido y tres muertos le acompañaban cuando acudimos. Declaró defensa personal. Curiosamente fue uno de sus familiares quien orquestó el hurto al enterarse de un premio de lotería que ganó Dominico: ese familiar estaba entre los muertos.

«¡Momento!, no estarás pensando…».

—¿Pensando?, ¡Nah!

Endevour suspiró algo aliviado.

—No pensado, ¡ya lo decidí! —completó End. Acto seguido apuntó la pistola de Cox a una región carnosa en su brazo izquierdo.

«¡No!», gritó Endevour.

¡Bang!, disparó.

Ese disparó cruzó de lado a lado en limpio, atravesando saco, camisa y piel del brazo.

—¡Ay! ¡Carajo! —chilló de manera dramática.

«¿Q-Qué hiciste…?».

Endevour no podía sentir dolor cuando End controlaba el cuerpo, igual en un sentido contrario.

—¡Ay! —expresó mientras se hacía un torniquete con su pañuelo: recuerdo de Verónica—. ¡Ah…! Esto servirá de coartada Endy, diremos que fue Cox quien orquestó todo esto…

«¡No!, ¡reitero, Cox no!», declaró Endevour. Interrumpiendo. «Cox era una buena persona, respetable, moralista, ético…».

—Y también idiota, Endy. No podemos alabar la idiotez.

«¡Me importa una mierda!, Cox tenía buena reputación. ¡Entiéndelo!, tenía una esposa y un…

—Sí, sí, y esperaba un bebé y blablablá… demasiados riesgos con Cox —completó End—. Como yo lo veo, porque me doy cuenta que tú no puedes ver una pared al frente de tus ojos, tendremos problemas con la policía, y apenas D’Angelo se enteré de esto, porque seguro que lo hará, tendremos peores problemas: imagínate torturados… y ahí te dejaré el control del cuerpo. No me creerás tan imbécil, ja, ja.

«¡Maldito manipulador!».

—Creo que ya la vas captando, Endy —sonrió de forma inquietante.

Endevour exhaló. Pero End tenía razón en el fondo. 

«Igualmente, deberemos deshacernos de “estas” pruebas. Los cuerpos y videos… muchas cosas por manipular, demasiadas cosas que pueden salir mal».

—Estás equivocado querido Endy.

«¿Equivocado?, ¿cómo que equivocado?

—¿Olvidas que estamos en un edificio de almacenamiento?

«¡Ajá!, ¿y?».

—Pues que aquí hay bidones de gasolina y cilindros de propano. Incendiaremos todo desde abajo. Explotaremos el edificio. Gasolina en techo, suelos y paredes. Cilindros de gas ahí, aquí y allá —Dijo esto último en tanto señalaba varias ubicaciones, los cuerpos de Cox, Gardener y Brown, y el sistema de seguridad. Finalmente señaló al techo, añadiendo—: Tenemos madera en el cielorraso… arderá de lo lindo. Simple y directo. Nada saldrá mal.

Reventó los cables del computador y caminó hacia el primer piso.

«¡Estás demasiado seguro del plan…!».

—Recuerdo los casos de Segurt, Andersen y Petrov, que parece tú no. Parecidos…

Segurt, Andersen y Petrov: peligrosos delincuentes que durante un incendio se presentó pérdida de pruebas. Salieron bien librados.

End retiró la mirada de reojo que mantuvo en Endevour para dirigirla adelante.

»No perdamos tiempo, Endy. Aunque la central no enviará refuerzos si no los pedimos, no queremos que alguna patrulla, testigo, o cualquier otro entrometido, se asome por aquí, ¿cierto? Porque tenemos balas limitadas.

«¡Eh…!, cierto…», Endeavor aceptó ya sin mayores opciones.

Como End lo planeó, cerró la puerta principal del edificio. Ubicó varios cilindros de propano cerca de la ubicación de las cámaras, cadáveres y sistema de seguridad. Abrió las válvulas de escape. Derramó gasolina de forma estratégica, como dijo, en los pisos, techos y paredes, dejando que sus vapores flamígeros inundaran el lugar. Creó un camino combustible que llevaría el fuego hacia donde debía dirigirse. 

—¡Perfecto!

«Supongo…».

End sintió ese olor, intenso, concentrado, mezcla de gasolina y propano.

—Ya hasta una pequeña chispa resultará suficiente…

Caminó al segundo piso. Quedó de frente al sistema de seguridad y de espalda a la ventana, y utilizando el encendedor metálico cromado con el que encendía los cigarros, inflamó el rastro de gasolina, que se expandió rápidamente.

«¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición…!», clamó Endevour. Y rezó: «Padre nuestro que estás en los cie…».

—¡Calma!, Calma Endy, no es necesario que reces a personajes que no existen.

«¡¿Lo dices tú?!, quien en teoría no debería existir. Sí creo en ti, creeré en quien yo quiera».

—Touché. Dolió. Pero tienes razón, Endy —Pausó—. Sigue rezando entonces…

«¡Ya!», expuso Endevour al notar como el fuego se alzaba en el cilindro.

—Uno, dos… ¡Carajo! —clamó End, llevándose ambos antebrazos como una cobertura para su rostro.

¡Boom!

Y en ese momento la onda explosiva del cilindro de propano lanzó a End a través de la ventana a la calle, con varias explosiones en cadena que demolieron el edificio.

Para Endevour, solo hubo oscuridad.

Cuando reaccionó estaba siendo atendido por los paramédicos de una ambulancia.

—¿Q-Qué? —preguntó Endevour, confundido. Intentó levantarse, pero todo el cuerpo le dolía.

—¡Espera! —clamó uno de las paramédicos—. Puedes tener fracturas. Vamos a llevarte al hospital para hacerte exámenes más profundos.

Endevour miró al edificio en llamas combatidas por los bomberos. Alrededor patrullas y decenas de policías.

—¿Có-Cómo…?

Antes de que Endevour pudiera terminar la pregunta; End, cruzado de brazos, cerca, expresó:

«Tranquilo Endy, todo está bien».

Endevour soltó una bocanada de aire, agobiado.

No pasó mucho tiempo cuando la detective Andrea Moretti llegó donde Endevour estaba. 

—Necesitamos unos minutos.

—Deberá esperar… —dijo uno de los paramédicos.

—No. Ya. —respondió Moretti enérgica con mirada afilada.

Los paramédicos intercambiaron miradas y, luego de asentir, terminaron alejándose.

—Detective Endevour…

—Ho-Hola, detective Moretti.

—No preguntaré como se encuentra —repartió su atención en las múltiples heridas de Endevour: arañazos, cortes, golpes y ese disparo en el brazo—, porque veo que no muy bien.

—Pues sí me duele todo el cuerpo.

—Normal, gajes del oficio… —Pausó un leve instante, momento en el que sacó una libreta de apuntes. Sonrió de forma tenue—. Sabrá que necesito su testimonio. Protocolo.

—Puede esperar —Dijo Endevour—. ¿No?

—No… es un caso crítico. Entenderá.

 Endevour tragó saliva.

—No hay mucho que rescatar —señaló el edificio en llamas.

Endevour movió su cabeza en aceptación.

—Cuénteme lo sucedido.

Endevour orientó su mirada a End, y este asintió con una inmensa confianza.

«Tranquilo Endy, “cuéntales lo sucedido”. No te desvíes de nuestro plan y todo saldrá bien».

Endevour respiró profundo y contó:

—Tengo la mente nublada, pero recuerdo algunas cosas. Cox estaba involucrado con unos matones de D’Angelo. Cuando lo descubrimos nos atacó. Asesinó a Gardener y Brown. También me disparó, aunque solo alcanzó mi hombro, me dio por muerto… Intentó atar los cabos sueltos quemando el edificio, y en un descuido logré desarmarle, luchamos ferozmente. Recuperé mi pistola y le disparé, pero ya era muy tarde para salir por la puerta principal porque las llamas alcanzaron cilindros de propano y… bueno, desperté afuera, tirado en el suelo. Tuve mucha suerte.

La detective Moretti, que anotaba en la libreta, mostró gesto mezcla de sorpresa y expectación.

—¡Maldición, Moretti!, pensaba que Cox era de los buenos. Confiaba en él…

La detective Moretti cerró la libreta y exhaló profundo.

—Sucede, detective Endevour, aquí en Verfall no podemos confiar ni en nuestra propia sombra ¿Cierto?

Endevour miró de reojo a End: quien permanecía sonriente.

—Cierto…

—No se preocupe detective, pasaremos el informe de lo sucedido. Enfóquese en recuperarse —Declaró antes de irse—: ¡Buen trabajo!

Endevour afirmó mientras la detective se marchaba.

—Gracias detective…

«¿Viste Endy?», preguntó End. «Todo salió bien».

—Tantas cosas que pudieron salir mal —musitó Endevour aún incrédulo.

«¡Nah! Para nada, cobarde».

—Roguemos que no encuentren nada que nos involucre.

«Que te termine involucrando», corrigió. «Y difícilmente suceda porque atamos cabos. Igual, cuando el jefe Stutgart sepa que alguien “involucrado” con D’Angelo murió aquí, archivará la investigación. Y ¿sabes quién lo detendrá?».

—¿Quién?

«Nadie, Endy… nadie».

—¿Y qué diremos a D’Angelo cuando se entere de lo ocurrido?

«Simple: diremos que Cox era el topo dentro de la policía, y tuvimos que matarlo. No podemos arriesgar lo que tanto esfuerzo nos ha costado, Endy».

—¡Imbécil…! —refunfuñó, refiriéndose a End.

«¿Yo?». Carcajeó. 

Los paramédicos regresaron con Endevour y le montaron en la ambulancia.

«Pronto llegará tu momento, D’Angelo», cavilaron ambos en un pensamiento sincrónico, diferenciado del efecto disyuntivo en su personalidad.

Cristian Fernando Guevara Hincapié
Colombia

Collage análogo (Pedro Toro)

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