Sangre en la manos

Dejé las llaves de la casa en la mesa del comedor, la sangre en mis manos estaba seca. Pasé directo al baño.

Miré mi reflejo en el espejo. Estaba pálida.

Empecé a fregar mis manos, hasta que saliera la última mancha.

Tuve que tirar la ropa que cargaba a la basura. Todo tenía olor a sangre. Era asqueroso.

Pude sentir el cuchillo atravesando su cuello, había hueso. Y ese chorro de sangre que me saltó encima, ¡qué asco!

Las manos y las piernas me temblaban, quería desmayarme, salir corriendo, ¡no sé!

Habría dado cualquier cosa con tal de no estar ahí.
Pero dentro de mí, la satisfacción era mayor que el mismo asco que me revolvía las tripas.

Después de todo lo hacía por plata.

Una parte de mí me decía que estaba mal lo que había hecho, pero por otro lado mi fortaleza se afianzaba.

Lo más difícil fue eso, atravesar su cuello. Lo demás fue sencillo.

Primero le quité la cabeza y la tiré a un lado. Luego me dediqué a destriparlo. Le saqué todo, hasta el corazón que se veía tan vivo como si fuese querido dar brincos en mis manos.

Por último le quité la piel. Era difícil, sobretodo en esos lugares donde había coyunturas.

Tiré en bolsas lo que no servía.

Los siguientes fueron menos difíciles de matar…

Así fue mi primer día como empleada en el matadero de pollos en el centro de Nirgua.

Ónice Yajure
Venezuela / Chile.

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