La venta

“¿¡A vos qué te pasa!? Si te da vergüenza mejor andate, dejame sola. Mirá que de esto comemos. ¡No me escondás la venta!” Fueron las  palabras que me recriminó mi mamá con su voz amenazante y frustrada. Allí, en frente de las personas, sentí la humillación. El recuerdo me deja un sabor acibarado en el alma; yo tenía 12 años, su reclamo todavía me es lastimero.

Con su tradicional “Juan Pablo, levantate que ya es tarde”, me despertó esa mañana de sábado. Inicié el día molesto, desganado por saber que otra vez estaríamos invadidos por el sofocante calor,  acompañado por el griterío insistente de los otros mercaderes y el constante regateo de la gente. Sumado a eso,  por  orgullo no tomé el café que me preparó y una incómoda picazón me recorrió el cuerpo de forma incesante por no haberme bañado.

Bajamos la calle adoquinada para llegar al mercado. Cargamos, cada uno sobre nuestras espaldas, un canasto de mimbre repleto de jarritos de barro. Caminé enojado y con rapidez, y ella con su paso más sereno y apesadumbrado iba atrás, como queriendo alcanzarme. No hablamos, ni un roce de miradas.  La respiración agitada y el ritmo de nuestros pasos  fue lo único que se escuchó en nuestro camino.

Encontramos un espacio para la venta. A nuestra derecha, un señor malhumorado con fuerte olor a aguardiente ofrecía sus aves de corral; y a nuestra izquierda, una anciana extendía sus manojos de yerbabuena, culantro, berro y otras hierbas. Nosotros, sobre un petate colocamos los jarritos de barro, y sentados en el suelo, mi mamá los ofreció. Continué con mi mal genio, era tan notorio que creé un ambiente tenso.

Procuré aislarme, simulé darles de comer maíz a los patos y a los pollos, pero el tufo que despedía el dueño era más fuerte que el de los propios animales.  Me di la tarea de inspeccionar minuciosamente a los jarritos, los coloque tan cerca como queriendo enterrarlos entre mis ojos,  que claro, era para esconder mi rostro de vergüenza. El resultado obtenido no fue el deseado, el destino me castigó, porque allí en el local improvisado, una compañera de la escuela me observó, se acercó sin mediar palabra alguna, y en su rostro dibujó una sonrisa de burla.

No soporté tal degradación, el enojo agitó mi pecho y cegado moví con un empujón a mi mamá, sin dudar empecé a guardar los artículos de la venta.

‒¿¡A vos qué te pasa!? Si te da vergüenza mejor ándate, déjame sola. Mirá que de esto comemos. ¡No me escondás la venta!, me dio tremendo grito mi mamá.

No soporté la escena y con fuerza arrojé un jarrito de barro al suelo y se partió en no sé cuántos pedazos.

De ese suceso han pasado varios años, y no lo puedo dejar en el olvido. Ahora yo soy papá y me sacude el cargo de consciencia lo mal hijo que fui; no valoré el sacrificio, su trabajo honrado. Ella continúa yendo al mercado, coloca ollas de barro y  los jarritos; los anuncia, los muestra, los sacude y lo envuelve en periódico.  A veces vende bien y en otras guarda todo en el canasto. Como ya está viejita le acompaño para cargar el producto, como a manera de sanar aquel corazón que herí o nos herimos. Pero debo ser honesto, todavía me da vergüenza y a veces su venta.

Mynor A. Barrios G.
Guatemala

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