La fuerza de la palabra

Donde no vuelve el silbido

Donde no vuelve el silbido,
ni el paso firme del alba,
queda un casco malherido
y una silla que no habla.
Un martillo se ha callado,
la herramienta ya no canta,
y el reloj ha desgajado
otra vida, otra garganta.
Nadie mira hacia la grúa
cuando el cielo está nublado,
pero cae como lluvia
un obrero silenciado.
Se detiene la escalera,
la sirena no lo espera,
y en la fábrica cualquiera
ya no cruza su frontera.
¡Ay de aquellos que no regresan!
Quedan hijos sin abrigo,
madres rotas que tropiezan
con el nombre y su castigo.
Y la muerte se disfraza
de rutina, de jornada,
se acomoda en una taza
mal lavada, abandonada.
Pero el canto sigue andando,
aunque el cuerpo ya no esté,
porque hay voces que, llorando,
no se quieren detener.
Que se escuche en cada techo,
que retumbe en el andamio:
cada muerte en el trabajo
es un crimen sin horario.

Claveles y pólvora muda

En la noche de mármol donde el verbo se enrosca,
una sílaba cruje lamentos
en los huesos de la aurora.
Algo cruza los puentes
une las lenguas
y de mil gargantas se levanta
la serpiente antigua del alma.
Un relámpago grita
desde un pecho cerrado,
no hay fusiles, sólo el filo
de la palabra que se afila
en la daga de aire. 
Coral que emerge sobre el metal dormido de los muelles.

La llama se vuelve voz 
en carne obrera
y una estatua prisionera
se deja caer en el miedo
de mil bocas sin laureles.
En la garganta sumergida de la Historia,
un “No” canta en la legión
de los ecos, el abismo
responde con su voz quebrada,
no logra enterrar la trinchera
del verbo que empuja el rayo
en los astilleros del lenguaje.

Disentir
Disentir fue morderse una palabra,
guardarla entre los dientes como brasa,
fue guardar en la manga una voz rota,
una flor de papel bajo la lengua,
escribir en el margen
cuando la hoja impone su centro.

Disentir
no para alzar la voz, sino el párpado:
una mirada basta donde todo se vigila.
Solidarność no fue un grito,
fue una grieta que aprendió a respirar.
Allí donde el metal cubría los labios,
brotó la lengua de acero
hecha de pan,
de madre que espera,
de hombre que escribe
con la espalda rota.
La censura tejía
su manto de humo,
pero el murmullo horadaba el muro.
Y cuando el miedo ya no tuvo fuerza,
el pueblo habló: no con rabia,
con la dignidad que dice “basta”

1980

Los puños sin fusil, los rostros fieles,
alzaron pan, verdad, contra la espera;
ni censura ni Estado ahogaron la madera
que ardía en cantos rotos y claveles.

Creció Solidarność como un suspiro
grabado en los pulmones del invierno,
hilando luz donde reinaba el tiro,
abriendo la historia con temblor eterno.

Quemaron la palabra, la torcieron,
le dieron nombre falso, piel prestada;
llamaron paz al crimen, y a la espada
la vistieron de ley. Y así mintieron.

Los versos que los jóvenes tejieron
fueron borrados bajo la emboscada
de un decreto sin rostro, y en la nada
sus nombres como estrellas
se encendieron.

La fuerza del silencio

El silencio nunca fue derrota:
callar no es ceder, 
es contener la llama.
Bajo la piel del miedo, algo rebrota,
una música rota que no se desarma.

Porque el canto escondido
bajo el suelo
no se oxida, no duerme, no se rinde.
En cada gesto mínimo, algo asciende:
una patria de sombra, pan y duelo.

Y aunque la historia intente reescribirse
con manos de ceniza y tinta fría,
hay nombres que ningún poder desdice:
están bordados en la rebeldía.

Yuleisy Cruz Lezcano
Cubana desde Bolonia, Italia.

Deja un comentario