El imponente caserón se alzaba en medio del pueblo. Don Francisco de Quevedo y Villegas lo había heredado de su madre, María de Santibáñez, una mujer de la Corte. Desde el balcón, Don Francisco contemplaba La Torre de Juan Abad, su señorío manchego. El cielo se extendía, vasto y limpio, sobre el Campo de Montiel. La vida se tejía con los hilos sencillos de las labores de la tierra: los hombres trabajaban en los campos y viñedos, mientras las mujeres urdían sus telares y vigilaban recelosamente a los niños. Don Francisco contemplaba la escena oyendo el eco de la muela que convertía el grano en harina, un sonido de probidad que contrastaba con el artificio de la Corte, donde la moneda era engaño y la traición acechaba en cada rincón.
En su habitación, el silencio se mezclaba con el olor terroso y ahumado de la tinta. El escritorio era el centro de su mundo: allí se amontonaban los tomos doctos, y unas hojas de papel en blanco aguardaban las letras. En el tintero de cerámica, una pluma de ganso esperaba hundida. Don Francisco, absorto en sus reflexiones, apenas se apercibió de que la puerta se abría. Entró Lope, un mozo de servicio, portando un paño de lino. Se detuvo en el umbral, se inclinó y dijo con voz sumisa:
—Pido la venia de vuestra merced para limpiar la habitación.
Quevedo hizo un gesto con la mano para que procediera. Al mozo lo conocía desde chaval; le había enseñado a leer y escribir, dotes raras por entonces. El joven comenzó su labor con disciplina, quitando el polvo de los tomos. El silencio solo se quebraba con el leve roce del paño.
—Señor —dijo Lope con una voz tenue que rompió la calma—, anoche tuve un sueño extraño.
Quevedo frunció el ceño, molesto por la interrupción, pero su curiosidad fue más fuerte.
—Habla, Lope, y se breve —replicó sin girarse.
—Soñé que entraba en una gran biblioteca que contenía más volúmenes de los que hay aquí. Pero los libros no estaban mudos en los estantes, sino que hablaban. Eran voces antiguas que se superponían, discutiendo entre ellas. Yo intentaba escucharlas, mas no lo conseguía. Entonces, una de ellas se impuso sobre las otras y dijo: «Lope, no nos escuches con los oídos, sino con el alma. Los que crees vivos están en el sueño de la vida, y solo nosotros estamos despiertos en la eternidad». Y al despertar, sentí que las verdades encerradas en los libros me habían entrado por el pecho.
Quevedo giró, y la sorpresa tensó las comisuras de sus labios. Lope terminó de sacudir el paño y se retiró con la misma discreción con la que había entrado, dejando la estancia limpia, pero el aire denso de perplejidad.
El escritor se quedó inmóvil, con el balcón a su espalda. Una intuición largamente cortejada bulló en su cabeza: «…vivo en conversación con los difuntos, y escucho con mis ojos a los muertos». Fue hacia su escritorio. El tintero y la pluma ya no le parecían herramientas exclusivas de su genio, sino meros intermediarios. Si la verdad podía revelarse en el descanso de un lacayo, la literatura entera era apenas un intento de ordenar un relámpago. El conocimiento no pertenecía únicamente al saber impreso que él atesoraba; habitaba también en la quietud de las gentes sencillas, suspendido fuera del alcance de la tinta.
Justo entonces, un golpe seco y urgente profanó la estancia. El eco del molino fue sepultado por el crujido de las botas de Roque, el mayordomo, quien entró con maneras rígidas y el rostro ceñudo. Traía en su mano un pliego lacrado.
—Señor, ha llegado un jinete de Madrid. Ha reventado al caballo en el empeño; apenas si ha esperado a que se detuviera para entregar el pliego.
El mayordomo colocó el pliego junto al tintero. Quevedo no necesitó ver el escudo para percibir el hedor de la Corte. Rompió el sello con un movimiento mecánico y desdobló el papel. Sus ojos recorrieron las apretadas líneas con velocidad febril: la firma del Conde-Duque de Olivares clausuraba una orden perentoria, disfrazada de cortesía forzada y misión diplomática urgente. Para Quevedo, habituado a descifrar el infierno entre renglones, el mensaje real era un zarpazo inevitable. La intriga palaciega reclamaba su tributo de hiel y fango.
Miró los volúmenes en los estantes, súbitamente pesados, rígidos en la pulcritud que Lope acababa de dejar. Afuera, la muela del molino persistía en triturar el grano, ajena a las miserias de Madrid.
—Roque —dijo Quevedo, sin apartar la vista del pliego—. Prepara mis baúles y agrega unos cuantos libros para el camino.
El mayordomo asintió y se retiró en silencio.
Don Francisco tomó la pluma y mojó la punta en el tintero. Antes de que el carruaje lo arrastrara de vuelta a la farsa y la sospecha, buscó el margen del soneto manuscrito que comenzaba: «Retirado en la paz de estos desiertos…»
Allí, con trazo rápido, grabó: «El saber también se encuentra en un libro sin letras: el sueño es más veraz que la tinta de imprenta».
Néstor Rubén Giménez Arias
Argentina

Néstor Rubén Giménez Arias nació en Argentina, el 22 de octubre de 1956. Actualmente vive en Quilmes, ciudad del sur de la provincia de Buenos Aires, sobre la costa del Río de la Plata. Escritor de relatos costumbristas y de novelas policiales fantásticas, ha obtenido premios en Argentina, España, Colombia, Bolivia, Perú, Venezuela, Chile, Uruguay, México, Cuba, Guatemala, Puerto Rico, República Checa, Estados Unidos y Brasil.