Crónica de crítica social sobre el pueblo nación mapuche
Los kultrunes no solo marcan el ritmo de una ceremonia. También sostienen la memoria de un pueblo que aprendió a resistir cuando la historia oficial decidió hablar de conquista, mientras el territorio recordaba despojo. En la fotografía, una mujer mapuche levanta el rostro hacia el horizonte con la serenidad de quien conoce el peso de la historia. Sus manos no sostienen únicamente un tambor; sostienen siglos de identidad.
Durante demasiado tiempo, la historia de Chile fue escrita desde los escritorios del poder. En sus páginas abundan las gestas militares, las campañas de «pacificación» y los discursos del progreso. Sin embargo, pocas veces esas mismas páginas describen el humo que cubrió las rucas incendiadas, las tierras repartidas entre colonos o las familias obligadas a sobrevivir en reducciones que apenas representaban una fracción de su territorio ancestral.
La llamada Pacificación de La Araucanía, presentada durante décadas como una hazaña republicana, significó para el pueblo mapuche una ocupación militar que transformó radicalmente su forma de vida. El territorio dejó de ser espacio de convivencia para convertirse en mercancía. La tierra cambió de manos; el bosque fue reemplazado por monocultivos; el idioma comenzó a ser perseguido en las escuelas, donde muchos niños aprendieron que hablar mapuzugun era motivo de castigo antes que motivo de orgullo.
Los abusos nunca desaparecieron. Solo cambiaron de forma.
Hoy ya no siempre llegan vestidos de uniforme. A veces llegan bajo la figura de proyectos extractivos que alteran ríos y montañas; otras veces mediante procesos judiciales donde dirigentes indígenas denuncian un trato desigual. También aparecen en la indiferencia cotidiana, en el racismo normalizado, en el estereotipo que reduce a todo un pueblo a un conflicto policial, invisibilizando su riqueza cultural, espiritual e histórica.
Mientras una machi cura con plantas ancestrales, la burocracia muchas veces cuestiona su conocimiento. Mientras comunidades defienden un menoko o un bosque nativo por su profundo significado espiritual y ecológico, la lógica económica suele medir el territorio únicamente por su rentabilidad. Dos formas de entender el mundo siguen chocando, pero solo una ha tenido, históricamente, la mayor capacidad para imponer sus reglas.
Paradójicamente, quienes durante siglos fueron llamados «el problema» han demostrado ser también algunos de los principales defensores de los ecosistemas del Wallmapu. Allí donde el bosque sobrevive, también resiste una manera distinta de relacionarse con la naturaleza: no como un recurso que se agota, sino como una red de vida de la cual el ser humano forma parte.
La crítica social no consiste en negar la complejidad del conflicto actual ni en desconocer que existen múltiples actores, responsabilidades y episodios de violencia que afectan a distintas personas. Consiste en recordar que ningún conflicto contemporáneo puede comprenderse sin reconocer el peso de una historia marcada por el despojo, la marginación y las profundas desigualdades que han atravesado al pueblo mapuche.
Frente a ello, los kultrunes siguen sonando.
No anuncian una guerra. Anuncian memoria.
Cada golpe sobre el cuero recuerda que hubo un pueblo antes de la República y que ese pueblo continúa existiendo. Cada canto en mapuzugun desafía siglos de silenciamiento. Cada ceremonia demuestra que la identidad no pudo ser extinguida por decretos, alambradas ni campañas militares.
Quizá la deuda más profunda de Chile no sea únicamente la restitución de tierras o el reconocimiento constitucional. Tal vez sea aprender a escuchar una historia que durante demasiado tiempo fue narrada solo desde un lado. Porque mientras el país siga hablando del pueblo mapuche únicamente cuando hay conflicto, seguirá ignorando que detrás de cada titular existe una cultura milenaria que ha sobrevivido a la conquista, al despojo y al olvido.
Y mientras el kultrún continúe resonando, también lo hará una verdad incómoda: ningún pueblo puede construir un futuro verdaderamente justo si decide olvidar las heridas sobre las que levantó su presente.
Kizüngünewun wallmapu mew

Andy Ramírez, fotógrafo y activista visual de la comuna de Pedro Aguirre Cerda, Santiago de Chile.