Una canción de amor

Hay una canción de amor, que me hace acordar a vos, pero no me la puedo acordar. Me es imposible. Me paso los días y las noches tratando de acordármela. Me detengo, suspendo mis actividades cotidianas, regulares, procurando que vuelva esa tierna melodía a mi cabeza, que se haga escuchar, una vez más. Pero no. No hay caso. Hace días que me pasa, es realmente una tortura. Se siente como un padecimiento, tácito, que me agobia en las mañanas y las tardes. Y las noches, es mucho peor por las noches. Mucho más doloroso. Porque a esas horas la oscuridad te invade y hay algo en mi cabeza que se activa, y empiezan a correr palabras, ensimismadas y alborotadas. Porque a esas horas uno se siente verdaderamente atrapado, acorralado. Sin sentido, esas palabras empiezan a dar vueltas en mi cabeza, y yo tratando de dilucidar el acertijo, el enigma intrínseco. No hay forma, las
palabras siguen rondando, gritando, exclamando. Pero la canción, la melodía, no aparece. A la noche es peor, sí, por las noches es peor… Atrapado, sin escape, sin salida.
Hace aproximadamente una semana que me viene pasando, que vengo arrastrando este caprichoso pesar. Intento hacer memoria, imágenes saturadas e impacientes empiezan a dar vueltas en mi cabeza, secuencias confundidas e inconexas. Yo tanteo, por ahí debe andar la maldita respuesta, deambulante, atosigante, entre esas imágenes reverberantes. Pero es tan difícil. Todo se escapa de pronto. Todo va y viene, da vueltas, un torbellino hasta el infinito, con flashes y luces y un revoltijo de imágenes absurdas que de pronto se transforman en bestias horripilantes como salidas de un cuento fantástico, metamorfoseadas y grotescas, obscenas y sanguinarias, me persiguen con rabia hasta que me alcanzan y me succionan las tripas y empiezo a chirriar de dolor y a desangrarme lentamente como un cuerpo condenado y… era un sueño. Era un sueño, una pesadilla. Me pasa seguido, es normal. Me despierto, ya desperté. Y estoy, de nuevo, más perdido que
antes. Soy verdugo de mi tiempo. Una canción de amor, que habla de amor, de una mujer, de una mujer que cae al vacío, pero es un vacío simbólico… Nada. De nuevo, nada. Se me viene a la cabeza un encuentro, un recuerdo de un encuentro; fugaz pero hermoso, en los pasillos de la facultad, uno de esos instantes que son eternos, que duran para siempre…

“— ¿Tu nombre…? —pregunto.
— Me llamo…”
Nada. Me lo olvidé. No hay caso. Es inútil. La vida es un circuito de emociones, mi cabeza es una miscelánea de especulaciones inconclusas, un receptáculo de miradas repartidas al azar. Está repleta de cosas, pero a la vez llena de nada. Tu nombre… nada. Pero lo que me importaba era la canción, porque a través de la canción yo iba a poder acordarme de vos.
Yo sé que esa canción está bien guardada en mi subconsciente, la muy obstinada no quiere salir. No quiere escapar. Quiere dejarme con la duda. Y yo ya no lo soporto, mis voluntades se vuelven exiguas, mis energías se agotan. Me redimo pero es en vano. Acá estoy, sigo naufragando entre aguas turbulentas, entre oleajes tormentosos. Y tu voz se me disipa, se disuelve. Y tu sonrisa se me nubla, se me desvanece. Y tus ojos se me oscurecen, se encapsulan. Lóbregos, sombríos, como esta pena. Borrosos, imprecisos, como este duelo. Soy mi propio verdugo, soy verdugo de mí mismo. Soy verdugo de mi tiempo. Y mi sombra viene detrás, pesarosa y mortificante.
Espero a que lleguen las primeras horas del día con su gracia de sol humeante, que me renueven la soltura, el sosiego que ya no es mío. Las espero, taciturno. Insomne, como vos.
¿Dónde estás? Tu voz, se me va de nuevo… obstinada, caprichosa. Va y viene, como el tiempo, como la violencia simbólica que siempre está. Atrapados.
Y la verdad, que es una sola, se vuelve cada vez más inevitable: volverte a ver sería la única manera de acordarme de esa estúpida canción de amor, que yace escrita y oculta en mi cuaderno de hojas perdidas, que me grita y me nombra por las noches desde el estante de mi dormitorio, que procura caer en mis manos inseguras pero astutas, porque saben muy bien que ese objeto maldito esconde vestigios y verdades de amor tenebrosas y angustiosas, porque comprenden que desenterrar esas verdades pasadas es como tropezar y caer a un vacío simbólico triste y eterno que nunca termina.

Si recuerdo esa canción de amor, me temo, estaré perdido.

Juan Velis
Argentina.

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