Trabajábamos en el departamento de experimentación en mecánica cuántica de la organización Space and Control cuando una extraña señal apareció en nuestros sensores de datos.
Yo, Augusto Márquez, y mi compañera Juliana Gutiérrez, ambos físicos y matemáticos, nos encontrábamos en la fase final de pruebas de un dispositivo revolucionario —como todas las máquinas que desarrollaba la organización—. El artefacto, denominado Máquina Experimental 3141, para nosotros tenía otro nombre, simplemente, La Caja. Capaz de reducir materia a escalas subatómicas.
Fue concebido como un sistema experimental de almacenamiento cuántico, aunque con un evidente potencial militar. Imaginen transportar armamento, vehículos, unidades… una bomba termonuclear sin ser detectada. La ciencia siempre transita sobre una delgada línea que separa el bien y el mal. Pensarlo nos inquietaba; los posibles efectos nocivos de los artilugios científicos estaban ahí, latentes. Pero no era nuestra culpa que las máquinas se usaran con esos fines… ¿o tal vez sí? Porque, sabiéndolo, decidíamos crearlas.
Esa maldita señal apareció cuando intentábamos reducir el tamaño de una manzana, siempre esperamos un mensaje desde el espacio, pero, como burla del destino, surgió ahí mismo en el laboratorio. Fueron como si miles de voces se unieran en un cántico indescifrable. Fue terrorífico. Y el verdadero problema llegó después, cuando desde La Caja surgió una fluctuación de energía anómala que pronto alcanzó niveles críticos. La onda de energía nos impactó con violencia. Sentí como si todos mis recuerdos, incluso los reprimidos, llegaran a mi mente de golpe: mi infancia, mi adolescencia, mi adultez…
Pero uno quedó agazapado en mi conciencia:
De niño observaba la bóveda celeste, la luna y las estrellas con el telescopio de mi padre, y me preguntaba si estábamos solos en el universo. Durante años, la ausencia de evidencia había sido un abismo que devoraba mi esperanza; un silencio que muchos interpretaban como la prueba definitiva de nuestra soledad cósmica. No lo negaré, en algún momento también fui parte de esa duda.
Con el tiempo intenté responderlo. Fue lo que me impulsó a dedicarme a la ciencia.
La paradoja de Fermi pretendía hacerlo con una lógica implacable: si el universo es vasto y las condiciones para la vida son comunes, ¿dónde están los otros? ¿Somos la única conciencia que observa el cosmos o estamos cegados por nuestra propia insignificancia?
Mientras esa pregunta me atravesaba, La Caja vibró de nuevo.
Intentamos controlar la situación, pero en cuestión de segundos la habitación pareció encogerse a nuestro alrededor. No, no era una impresión: realmente se encogía, y nosotros también.
A través de las compuertas de cristal, que daban al exterior del laboratorio, observamos cómo se formaban espirales infinitas, fractales imposibles de medir: hermosos y aterradores a la vez. No lo comprendimos de inmediato, pero ya no estábamos en las instalaciones de la organización. O sí, pero no como las conocíamos.
Estábamos dentro de… dentro de un átomo.
Y flotábamos como globos en una inmensidad inefable.
Tratamos de no entrar en pánico. Comprendimos que tendríamos que actuar deprisa: La Caja había encerrado la habitación en una burbuja que, aunque nos protegía, era nuestra verduga, con una reserva de oxígeno limitada, que terminaría por agotarse en algún momento.
Intentamos operar el aparato, pero no obedecía. Había fallado algo en sus circuitos y en nuestros cálculos. Había entrado en modo automático. Quedamos convertidos en observadores y víctimas de nuestra propia inventiva.
No era para nada lindo saber que moriríamos en cuestión de minutos. Pero, aun así, algo nos mantenía absortos…
Lo que vimos desafió toda razón y lógica: estructuras titánicas de luz y materia; galaxias enteras girando en vórtices de un cosmos imposible. Cualquier ecuación, teoría o análisis concebido hasta entonces quedó obsoleto en un parpadeo.
Las partículas fundamentales eran, en realidad, universos enteros: vastos, inexplorados. Civilizaciones que alcanzamos a vislumbrar apenas como un esbozo —quebrando las leyes del tiempo y espacio— evolucionaban sin saber que formaban parte de algo mayor.
Nosotros también.
La Caja vibró de nuevo. El espacio volvió a encogerse. Fuimos reducidos una vez.
Y otra vez…
El proceso empezó a repetirse en una cascada cuántica interminable. Cada átomo era un universo, y cada universo contenía átomos que contenían otros universos. Era absolutamente paradójico: un desfase sin fin de realidades superpuestas; una estructura fractal replicándose en todas las escalas.
No solo estábamos atrapados en una caída infinita: cada nuevo descenso nos alejaba más de nuestra realidad original. Si cada átomo era un universo, entonces nosotros, en nuestro propio mundo, éramos apenas una fracción diminuta de algo… ¿aún mayor?
Y comprendimos también que la señal —aquellas voces uniéndose en un cántico indescifrable— no provenía del exterior. Eran voces de los habitantes de los universos subatómicos.
Juliana, con un violento tic nervioso en el rostro, intercambió miradas conmigo. Entonces preguntó:
—Si estamos compuestos de átomos, y cada átomo contiene universos con sus propios habitantes… ¿nosotros componemos un ser consciente de nivel superior?
Sonreí con incomodidad, porque esa pregunta tenía lógica. Y era terrorífico: quizá nosotros no éramos individuos, sino piezas; fragmentos indefinibles de algo mayor. Una conciencia por encima de nuestra escala, construida con incontables mundos como el nuestro… del mismo modo en que mi cerebro se construye con neuronas que nunca sabrán que existen como parte de mí.
—No… no lo sé —musité, tratando de… ¿qué estaba tratando de demostrarle a Juliana?
Teniendo en cuenta la pesadilla en la que estábamos atrapados, lo vi con claridad: la escala de Kardashev propuesta en 1964 no era solo una teoría sobre energía. Era una escalera hacia lo inconcebible. Si una civilización lograba dominar la energía de su planeta, luego la de su estrella y luego la de su galaxia, ¿qué venía después? Controlar la energía de un universo entero. Controlar sus leyes. Ser el “organismo” que lo contiene.
Es que ahí encajaban las voces. No venían del exterior. Venían desde adentro. De civilizaciones subatómicas que, al quedar expuestas por La Caja, habían encontrado una grieta en su realidad.
Pensé en los niveles superiores de la escala como átomos que eran universos, integrados en entidades “divinas”. Y la idea me golpeó como una cachetada. Una mente así podía ignorar casi todo lo que contenía. ¿Cuántas oraciones sin sentido? ¿Cuántas plegarias sin respuestas?
Mientras una mente existía, millones de procesos ocurrían en su interior sin que los percibiera, como ocurre en mi propio cuerpo: parpadeo y mis células trabajan sin que yo las oiga. Mis neuronas trabajaban sin descanso, pero cada una está hecha de átomos que jamás sabrán que forman existencias.
Y si eso era cierto… Entonces Juliana y yo no estábamos perdidos en un átomo. Estábamos atrapados en la neurona equivocada de un ser demasiado grande para sentirnos.
Juliana empezó a carcajear de manera enajenada, mientras repetía:
—No volveremos…
Caí de rodillas. Pensé en todo lo que había dejado atrás: mi hija, mi esposa, mis padres, mi perro Tobby. Lloré profundamente, creo que jamás lloré como en ese momento.
Permanecía atrapado en mis dolorosos recuerdos cuando La Caja, implacable, volvió a activarse.
Y supe que seguiríamos encogiéndonos… hasta que el oxígeno se acabara…
Cristian Fernando Guevara Hincapié
Colombia

Cristian Fernando Guevara Hincapié, escritor y psicólogo colombiano, apasionado por la ciencia ficción y el terror. En su trayectoria, ha publicado en varias revistas y antologías hispanoamericanas, explorando los límites de lo imaginable y lo oscuro para construir historias que dejen una huella en el lector. En este cuento fusiona ciencia ficción, horror cósmico y fantasía bélica, el cual forma parte de un universo literario en desarrollo.
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