Portar al abismo en las entrañas 

Entre el calor y los insectos, iban los hombres. Bajo ellos, el agua de un río cuyo caudal no era tempestuoso, pero su calma tampoco era inocente. Eran cuatro: dos que remaban, uno de ellos que estaba enfermo y un último que lo cuidaba. La sudoración excesiva, las idas y venidas de su vientre y la deshidratación, causante de una pérdida casi total del habla, eran todos síntomas típicos de cualquiera que hubiera sido picado por una de las tantas especies de insectos que habitaban aquella selva. Esos primeros tres síntomas, ya en ese entonces, eran curables por cualquier médico egresado de su carrera, o al menos tratables. El límite era el cuarto: la totalidad de la piel cubierta por una superficie similar a escamas, su respectiva caída y el sangrado. 

Ante esa situación, ¿qué sentido tenía el viaje de aquellos hombres? Que lo que no había encontrado la ciencia, los saberes ancestrales hacía rato ya que no sólo lo habían hecho, sino que se habían fundado sobre aquellas prácticas. Pero los sabios se hallaban siempre al final del camino.  

Poco tiempo había para deleitarse con lo que ofrecía el paisaje en materia de árboles, plantas e incluso pájaros de los más diversos colores, cuyos vuelos quizás habrían asombrado a cualquier niño. Y el ocaso, cuya sombra ya parecía cernirse sobre los rostros de los navegantes, parecía el final perfecto para la obertura de aquella gesta que recién comenzaba.

La señal de que habían llegado a su primer destino les fue dada por el hombre que los recibió. No dijo ni una palabra, pues no era necesario. Se dieron cuenta de que los ayudaría por una extraña corazonada, propia de los viajes como ese. Robusto como era, aquel varón pudo cargar al enfermo en brazos y llevarlo al interior de la selva. Había adivinado a qué venía aquel grupo apenas vio al convaleciente tendido en la embarcación, pues ya había visto demasiados enfermos ser traídos de la misma forma y por la misma causa. También, había aprendido a reconocer eso que le pasaba. 

A medida que se fueron internando cada vez más en la maleza, vieron cómo el paisaje de a poco iba cobrando forma de asentamiento humano. Chozas de madera, baldes, e incluso trabajadores de la tierra y transeúntes, fueron los indicadores de que habían llegado a algún puerto, y que probablemente fuese el que los dueños de la posada de Gonaïves les habían recomendado. Ahora faltaba ver si los rumores acerca de aquel lugar eran ciertos. Después de todo, ya no tenían nada que perder, y estaban en tierra extranjera. 

Se sintieron juzgados por los habitantes de la aldea. Por educación, los saludaron haciendo ademanes. No obtuvieron otra respuesta más que la del silencio. Quien los había recibido tampoco decía nada, pero en vista de cómo reaccionaban los otros, supusieron que  estaba de acuerdo y que hubiera hecho lo mismo. Ni siquiera dijo algo cuando los hizo entrar a una cabaña que estaba apenas mejor construida que todas las otras. 

Fueron recibidos con suma amabilidad por quien parecía ser el líder de aquella comunidad. Al igual que como solía darse en toda sociedad a la que ellos estaban acostumbrados a llamar primitiva, se trataba de un anciano de barba larga y desprolija, pero que por esas características generaba una frialdad en el aire, cuya imponencia sólo acababa en respeto. Sobre su mirada podrían haberse escrito tratados de magia y ocultismo: el color de sus ojos era de un etéreo gris. No era ciego, sino todo lo contrario.

No hace falta que me digan a qué han venido, ni tampoco que me digan quienes son. Conocí a su maestro hace muchos años en mi ciudad natal, cuando era apenas un joven iniciado en mi oficio.

El estado de desconcierto en el que las palabras de aquel anciano pusieron a aquellos hombres no tenía nombre. 

—Davis era igual a ustedes cuando llegó. Había sido enviado por otro de los suyos, Richard Evans Schultes, según recuerdo que dijo. Ambos estaban interesados en las plantas medicinales y en los tratamientos que podían realizarse con ellas, pero a diferencia de su maestro, Davis tuvo otros motivos para regresar a Haití, que probablemente hayan sido los mismos por los que yo nunca lo abandoné. 

Era verdad que aquellos hombres eran discípulos del Dr. Davis, y también era cierto lo que el anciano había dicho sobre él y sobre Evans Schultes. Fue esa una prueba suficiente como para que por fin terminaran de creer en lo que les habían dicho en la capital acerca de los que moraban en la aldea cuyo nombre no les había sido revelado, pues no necesitaban un nombre para que los identificaran. 

—Acuesten al muchacho aquí. Y luego de purificarlo, pónganlo boca abajo.— indicó de forma gentil, en un tono intermedio entre un pedido y una orden. 

Sus acólitos procedieron a desnudar completamente al enfermo y a bañarlo con agua que, según él, había sido bendecida acorde a los antiguos saberes. “Oshun limpiará su exterior, porque eso hacen los ríos con los cuerpos” explicó el sabio. Fue en aquel entonces en el que los hombres blancos recordaron a su maestro explicarles que Oshun era la orisha señora de los ríos. Creyendo que lo único que harían sería bañarlo, por unos segundos se les ocurrió subestimar dicha práctica, o pensar que sólo lo estarían bañando por una cuestión protocolar, pero pronto aquellos prejuicios fueron refutados por cómo a medida que el aseo avanzaba, era visible una recuperación en la lucidez de su compañero, junto con el desprendimiento de las escamas. Fue gracias a eso, que se dedicaron a observar más al agua con la que lo untaban que a él mismo. 

No pudiendo detectar nada inusual en lo que respectaba al aspecto de aquel líquido, no tuvieron más remedio que preguntarle al anciano que era lo que sucedía.

— Ya se los dije— respondió — Oshun, señora de los ríos, lo está limpiando. 

Cuando hubieron terminado de asearlo en el exterior, el sabio dijo que era tiempo de hacerlo en el interior, y que de eso, “no se encargaría Oshun, sino Oggún”. Los acólitos hicieron tal como él les había ordenado anteriormente. Acostaron al enfermo boca abajo y a continuación, el sabio tomó de un recipiente de madera los restos de varios caracoles y se los ungió en las manos, excluyendo sólo a los caparazones de la mezcla. Luego los combinó con las hojas de un árbol que crecía al lado de la puerta de aquella cabaña. 

Procedió a acercarse al enfermo, cuya convalecencia había sido mermada de manera notable, para acabar con su curación realizando la última parte del ritual. 

Invocó a Oggún, bendijo a la tierra y al cielo, agradeció a Oshun y también al ya mencionado, y a continuación, según explicaron sus acólitos, hizo poseer su cuerpo por Oggún, hecho que les era indicado porque el gris de sus ojos de repente había adquirido unos matices de azul cobalto, que no podían sino acaparar la atención de todos los presentes, incluidos a los que ya conocían el ritual, pero que no por conocerlo dejaba de asombrarles su potencia. 

Metiendo sus manos casi por entero y alternadamente a través del recto de aquel hombre, fue de a poco dando fin a sus penurias. El convaleciente ya había recuperado parcialmente el habla, ahora le faltaba recuperar todo lo demás.  

“Los supositorios son el tipo de medicamento más efectivo, decía mi abuela”, recordó para sus adentros uno de los expedicionarios. Y parecía estar en lo cierto, pues la mejoría era notoria, tanto como para opacar a los métodos de la operación. Sembrando preguntas, aquel anciano se fue ganando la admiración de aquellos hombres. 

Cuando la curación fue completa, el enfermo volvió a vestirse no sin antes arrodillarse y abrazar a quien lo había salvado, a la par de que sus compañeros hacían lo mismo desde sus lugares. El anciano salió de su trance y recuperó su color natural de ojos. Volvió a mostrarse amable con todos los presentes y, luego de lavarse las manos, dispuso que todos se sentaran a comer y a beber alrededor de una mesa de madera de dudosa estabilidad. 

Mientras partían el pan, también servían la leche. El pan había sido cocinado en un horno de barro, que era propio de toda la comunidad. Y lo mismo había sucedido con la leche, que era de las cabras de cuyo cuidado se encargaban las mujeres y niños. Recién cuando se hubieron sentado todos, fue que los exploradores pudieron presentarse y decir a qué habían ido, pero ni sus nombres ni sus propósitos eran relevantes más allá de por ser discípulos del doctor Davis. Le preguntaron al sabio si había leído La serpiente y el arcoíris, obra del ya mencionado doctor e inspiradora del viaje de aquellos hombres, y este respondió que no, porque él ya vivía en la serpiente y el arcoíris. Se presentó a sí mismo como un houngan, un sacerdote vudú. Contó que conoció al Dr. Davis la primera vez que él había viajado a Haití, y que un espíritu como aquel se reconoce fácilmente en quienes son sus discípulos. Después de ver lo que aquel hombre había hecho por su amigo, aquellos antropólogos no podían no creerle. 

El anciano adivinó por sus caras que querían saber más acerca de él y de donde provenían sus prácticas, por lo que contó la siguiente historia: 

“Ocurrió cuando era mucho más joven que ahora. Ya no recuerdo si era primavera o verano, pues me visto de la misma manera en cualquiera de las dos estaciones. Lo que sí recuerdo es estar viendo hacia el horizonte después de haber hecho el amor varias veces con la que era mi esposa, y la que sería la madre de mis hijos aquí presentes — señaló a dos de los hombres de la habitación— , y cuya pérdida lamento hasta el día de hoy, pero por suerte fue por las causas de la tierra y no por las de las de los entes. En ese entonces, yo recién estaba formándome como un houngan. Como todo haitiano, desde niño que tomé contacto con las entidades y que celebré sus hazañas sobre la tierra, que los vi librar de sus penurias a los enfermos, tanto a través de la muerte como de su derrota. 

Como les decía, estaba mirando hacia el horizonte. Mi amada ya se había ido. Yo había decidido quedarme para continuar regocijándome en silencio con el recuerdo de nuestro acto. Desconozco si fue por lo puro de mis sentimientos o por otra cosa, que la figura de Iemanjá se apareció frente a mí. Luego comprendí que no era la figura, sino ella misma. 

Besó mi frente por una razón que yo todavía no entiendo, pero sí entendí la misión que me dio.  

Comencé a verlos por todas partes. En su mayoría eran pequeños, pero todos eran alados. También tenían colmillos y garras. El resto de su cuerpo me era más difuso, supongo que porque seguía siendo un hombre y había formas que no podía entender, y que hasta el día de hoy no puedo, ni creo poder hacerlo algún día. Quizás lo logre después de la muerte. 

La cuestión es que así como Iemanjá me dio el poder para verlos, también me enseñó a combatirlos. Me indicó que tanto ella como los demás orishas están presentes en la tierra, y de qué manera se puede acceder a su ayuda para combatir a los malos espíritus. No me atreví a preguntarle por qué me estaba enseñando tales cosas, pues me sentí lo suficientemente honrado como para no hacerlo. 

Acepté esa misión y formé a mi familia para acompañarme a cumplirla, como ya se habrán dado cuenta. 

Vi la marca de su amigo mil y una veces, y pude limpiarla quizás novecientas. Mis fracasos me persiguen, tanto como mis éxitos me respaldan. El mal siempre está ahí, y es uno sólo, contrario a lo que ustedes, los hombres blancos, suelen creer. Recuerdo cuando en los años noventa un jesuita vino y me explicó lo que era el diablo para él, y me habló de los “males” del mundo,  y de cómo esos males eran un efecto de su obra. No, amigos míos. No hay males en el mundo, sino que el mal es uno sólo y siempre se retrotrae a su mismo principio, y cuando ataca, lo hace siempre con todas sus fuerzas, nunca repartiéndolas en varios frentes. Todos los males son el mismo. 

Recuerdo que aquel padre me contó que en su país también había quienes combatían el mal con sus propios ritos, y que eso me alivió. Supuso para mí el saber que no me necesitaban en otros lugares y que cuando mi tiempo se agotara, habría otros que continuarían con mi labor. 

Ustedes lo llaman diablo, a sus esbirros los llaman demonios, bueno, yo no sé cómo llamarlo de otra forma que no sea “el mal”. Lo enfrenté varias veces: en niños, en ancianos, en mujeres e incluso en bestias. No soy un exorcista, en el caso de que se lo pregunten. Soy un mero houngan al que se le encomendó una tarea específica a través del amor de su señora, y de la alianza que he sabido establecer con sus semejantes. Para librar a su amigo del mal, tuve que limpiarlo con las aguas de Oshun e introducirle a Oggún para que combata junto a él a la semilla que lo había plantado a través de la mordedura de un insecto, o quizás del veneno de una fruta. 

Y aún con todos mis años haciendo esto, y además haciéndolo aquí recluido en esta parte de la selva para poder estar en permanente contacto con las entidades que nos rodean, espero volver a ver a Iemanjá y que me diga que mi misión ha concluido, pero no creo que ese día llegue. Mi propia misión me ha superado, y algún día acabará por llevarme, pero hasta ese día, seguiré tratando de cumplirla.”

Por unos minutos, no hubo mejor respuesta que el silencio. Todos los intentos por reanudar la conversación, pero hablando de otra cosa, fueron en vano. Apenas acabaron de comer y de volver a agradecerle al sabio junto a su familia y sus acólitos, pagaron una cantidad de dólares por el servicio, y se despidieron siendo tratados con la misma amabilidad que cuando habían llegado. 

Volvieron a embarcarse hacia la ciudad. Por todo lo que duró el regreso, y probablemente hasta muchos años después, aquellos hombres no pudieron evitar pensar en lo que había dicho aquel curandero. Quien había estado enfermo no remaba, en cambio miraba el camino mientras advertía como sombras aladas, colmilludas y con garras, pero cuya forma completa no lograba distinguir, eran visibles para él pero no para los otros. Y  sin haberlos visto antes, los reconoció como lo que había tenido adentro.  

“El mal está ahí, el mal es uno sólo”, dijo. Y su mirada se posó en lo profundo de las aguas, que también le recordó a lo profundo del  abismo. Y él al abismo lo conocía: lo había portado en sus entrañas.

Brandon Barrios
Argentina

Gallito de las rocas. Aguas calientes, Perú 2017.

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