Para cumplir la profecía de la naturaleza

“Cuando el equinoccio de otoño coincida con la luna de sangre, llena en todo su esplendor, el amuleto será sumergido en la tierra para que los fantasmas de la naturaleza continúen el letargo eterno…”

Cuando Sergio cumplió los dieciocho años su abuela le regaló un amuleto familiar y le hizo memorizar la profecía. No tenía porque creerla, le daba satisfacción a quien lo había cuidado de más, sin tener motivo. Pocos años después murió, pero antes le prometió cumplir con su deber. El joven le dio la satisfacción para que descansara, sin embargo el amuleto quedó enterrado con otros recuerdos dolorosos en el fondo de una caja.

Coincidieron las redes sociales a mediados de septiembre de un año cualquiera que la luna de sangre sería una de las más impresionantes en la historia, a pesar de ser un fenómeno sin misterio, le hacía recordar las palabras que se grabaron por fuerza en su memoria. Aunque todo debía seguir la normalidad como la vida contemporánea lo amerita, no fue así, empezando por un intimidante hombre que lo siguió la tarde de la luna. Sergio se escabulló un momento de uno que podía ser un acosador cualquiera, calles después ahí seguía portando ahora un oxidado machete fuera de lugar para una ciudad moderna.

Corrió todavía más, hasta perder la conciencia de las calles que recorría, volteaba atrás constantemente, giraba la cabeza a cada lado, gritaba al chocar con cualquier persona, o sentir muy cerca algún auto. Sentía la presión en su pecho por el esfuerzo de correr, por el miedo de perder su celular o ser secuestrado. El hombre seguía de cerca sus pasos cuando bajó las escaleras del metro. Bajó todavía más intentando perder a aquel hombre entre la multitud, pero seguía viendo su cabello despeinado, su mirada tan lejana como profunda, incluso creía distinguir el brillo del filo a pesar de la corrosión. Subió a un vagón, y ese ser misterioso, tal vez producto de su imaginación, se perdió.

Sintió la obligación de cumplir con la promesa que le hizo a su abuela, las palabras de la profecía sólo eran el recordatorio, tenía que salir de la ciudad antes de que llegara la luna a su máximo punto, enterrar el amuleto de la familia en el centro del altar donde tendrían que estar los devotos haciendo el ritual. Al pensarlo eran muchas las dudas que le llovían: ¿de verdad había alguien haciendo el ritual? ¿más gente sabía de su deber con la profecía? ¿la magia o la fuerza de la naturaleza eran reales? Entre muchas cosas que tenían como objetivo hacer desistir a su mente de alejarse de la seguridad de su casa, también de aquel hombre que se acercaba desde el final de la calle.

El carro de Sergio no era del año, pero no tenía mucho tiempo cómo para fallar, aún así, se puso en su contra al no querer encender. En la calle, saliendo de su casa, sin ningún vecino viendo, únicamente aquel hombre que nuevamente presumía su machete al acortar la distancia entre ambos. Quería aferrarse a creer que todo era producto de su imaginación, el peligro y amenaza de ese ser no podían ser otra cosa que una ilusión. Más cerca, más cerca, solo una cuadra los separaba, el joven volteaba con frecuencia para calcular su final, hasta distinguir una sonrisa de satisfacción en aquel rostro pálido. Su auto prendió y arrancó sin dudar ni ver si venía otro carro o peatón en la calle, huyó.

El cielo del casi otoño estaba despejado, la lluvia que días antes amenazó tanto la ciudad no fue causa de tráfico para no llegar a tiempo. Se internó en ese frondoso bosque que colinda con la ciudad por una ruta casi desconocida para la mayoría. Caminó con una pequeña lámpara para complementar la luz roja del cielo, contento de no ver más movimiento. Probablemente nadie estaría intentado hacer el ritual, como debía ser para respetar la lógica de las cosas. Después de caminar varios minutos y cuando la luna no alcanzaba su máximo esplendor encontró el sitio. Contrario a lo que quería que pasara, sí había objetos que daban indicio de alguien intentando revivir a los seres de la naturaleza que le dijo su abuela. Sin dudar, con el amuleto rescatado de la misma caja que no olvidó, caminó al centro del altar y lo enterró tan profundo como pudo para sentir regresar la calma.

No duró. Por la espalda sintió una puñalada que lo obligó a girar con desesperación, solo para recibir otro corte al frente. Cayó en la tierra que empezó a bañarse de su sangre mientras la luna brillaba con roja y sangrienta intensidad. Muchos hombres muy parecidos entre ellos emergieron de la sombra, mientras seres poderosos se levantaban y Sergio veía cumplirse la profecía.

J. Azeem Amezcua

México

Escritor mexicano especializado en terror, fantasía oscura y narrativa fantástica contemporánea. Licenciado en Diseño Gráfico y Maestro en Comunicación, inició su camino literario en la adolescencia y consolidó su formación participando en colectivos de escritura. Cuenta con más de sesenta cuentos publicados en antologías y revistas impresas y digitales de distintos países, colaborando con más de treinta editoriales y proyectos literarios. Su obra se caracteriza por explorar lo sobrenatural desde lo humano, donde la memoria, la familia, el amor y la pérdida se transforman en horror simbólico. Es autor de la novela impresa Amistad Nigromante, publicada por Lebrí Editorial.

https://www.facebook.com/jazeem.art
https://jazeemamezcua.com/

Deja un comentario