Del tiempo en otro plano.

«Y las horas, los minutos, los segundos; incluso, aquellos tiempos que son abstractos y se retraen en pequeños halos de recovecos atemporales, son dilatados y luego construidos a voluntad por sus talentosas manos que son una extensión de su vasto conocimiento, implementado en un cuerpo idealizado». Últimas palabras de un aventurero astral.

En un mundo donde la monotonía es el plato fuerte, el paradigma aristotélico que lo infunde con saña en la mente, es la libertad añorada que no se deja alcanzar. Doctrinas de mundos paralelos se rigen alrededor de Anteus Cring, un hombre de 38 años que vive solo en un apartamento en el centro de Mioriter, en el condado de Nuver. Anteus, un estudioso de la física y fiel amante de todo lo relacionado con los misterios temporales y la cuarta dimensión, trabaja desde casa, día a día, sin descanso alguno —salvo dormir—, en un call center de una empresa dedicada a la venta de implementos para el aseo. Este trabajo fue lo único que logró ubicar después de los eventos sucedidos en la pandemia del Covid-19. Su rutina se basa básicamente en lo mismo: se levanta a las 5:30 a.m., prepara café. Se sienta a desayunar mientras lee las noticias o revisa su celular. Una hora después inicia con su jornada laboral. Llegada la hora del almuerzo, ingiere cualquier cosa que le otorgue energía y capacidad vital, y luego, continúa con su rutina. Siete días a la semana y no ha parado en cinco meses. Una serie de eventos que ha desdibujado su mente de lo que era antes, cuando la pandemia atacó y le quitó su trabajo en la universidad como profesor de física.

Un día, de los tantos que avanza en su irremediable existir, Anteus se da cuenta de algo extraño que sucede al intentar tocar la pared del cuarto de invitados que tiene en su apartamento. Notó una mancha de una tonalidad característica que lo hizo desviarse de sus actividades, y decidió ir a inspeccionar de qué se trataba. Al tocarla, sintió como una fuerza extraña lo halaba desde el otro lado. Este evento asustó a Anteus, haciéndole lanzar eufemismos e improperios por tal facto.

Lo reciente acontecido no se le salía de la mente; lo repetía en cada momento cuando tenía un espacio en cada llamada, hasta que, venciendo a su resiliencia, se levantó con la firme intención de inspeccionar nuevamente la pared, esta vez dejándose llevar —o hasta donde su cuerpo lo permitiera—. Primero, sintió como fue absorbido por un campo magnético, experimentando la espaguetización, una acción que ocurre cuando la ruptura del espacio y el tiempo convergen en un mismo estado, trasladando la materia de un punto fijo a otro. Al despertar, Anteus se encontró en su apartamento, el cual se hallaba igual en todas sus concepciones rutinarias, excepto por algo: la computadora no estaba encendida. No trabajaba para una empresa como call center y ahora, según los textos alojados en su mesa de noche, era un grandioso y afamado profesor de física institucionalizado en una prestigiosa universidad. Esto conmovió a Anteus, quien no brindó mayor atención ante esta situación. Era consciente de que estaba en otro plano; aunque su mente lo percibía ajeno a aceptarlo, Anteus estaba lúcido ante ello.

Entonces, decidido en conocer más, sin importar la travesía atemporal que esta por incursionar tocó la pared. Esta vez quería explorar otros mundos, salir de su repetitiva vida y establecer un orden que en su mente divagara por siempre. El proceso, igual que antes, sucedió. Anteus visitó otros planos en donde su vida transcurría de diferentes maneras. Vio también civilizaciones ajenas que constituían un orden caótico, casi apocalíptico. Volvió al pasado y convivió junto a las sombras memoriales que habitaron esa zona y que ahora solo eran despojos humanos. Observó mundos paralelos de otras realidades en donde la vida ya no era legítima; eran parte de un universo cristalino precedido por deidades de otros universos que tenían costumbres arcanas. Anteus fue sumergido en una epopeya temporal; viajó tanto que perdió la compostura de su mente al ver tantas realidades y no saber cuál era la suya.

Consternado ante la incógnita al desconocer su paradero y recordando con tristeza su antigua vida —algo irónico pero entendible—, optó por cruzar nuevamente la pared, encontrándose esta vez con un mundo totalmente distinto de los muchos que había visitado anteriormente. En este mundo reinaba la luz. Fulguraba con intención en cada rincón que visitaba, el cual estaba repleto de verdosos campos y rústicas chozas de las que brotaba humo. Se adentró más por los caminos que parecían ser vestigios de un umbral ancestral. En el ambiente se sentía un halo etéreo que reverberaba con ínfula y no cesaba, pero extrañamente no era insidioso, lo contrario, invitaba a seguirlo. Anteus, anonadado ahora por este hermoso mundo, continuó caminando hasta encontrarse con una ciudad que parecía de fantasía, precedida por inmensos edificios dorados; eran como faros adornados con esbeltas incrustaciones y números escritos en diferentes formas. En las cúpulas, se podía ver una ornamentación que emitía una tenue luz rojiza y que palpitaba cada cierto fragmento de tiempo. Anteus no podía creer lo que estaba viendo. De pronto, un ser muy anómalo, mitad humano y mitad máquina, lo abordó. Desprendía una sensación de bondad. Asimismo, expedía de su cuerpo un centelleo dorado que, al igual que la luz de las cúpulas, palpitaba cada lapso. Dotado de seis brazos, seis piernas, un torso arqueado que formaba una figura muy similar a un reloj de sol y, en su rostro, un par de esferas oscuras que destilaban pequeñas luminiscencias acompasadas con el vislumbrar de su cuerpo y una boca que solo se abría cada cierto tiempo. El ser se comunicaba en un lenguaje incomprendido para Anteus, pero éste rápidamente recurrió a su imperativo actuar y se comunicó en lenguaje de señas; era incomprensible la forma en que el ser entendió. Acompañado ahora de su nuevo integrante aventurero de mundos paralelos, Anteus conoció la historia de este lugar, los nombres de estos seres y la finalidad que este sitio brindaba al universo.

Se encontraba en un mundo llamado «Atempus», en donde los habitantes, los Orach-atemp, fabricaban el tiempo que regía en el universo. Según la necesidad de cada campo y de cada mundo paralelo, asimismo ellos tejían con un lustre arte el tiempo que luego era enviado por las magníficas edificaciones que antes había visto.

Cada magna edificación se enlazaba por medio de un campo energético con la fluctuación atemporal del universo, llevando las horas, minutos y segundos a los distintos universos que convivían en una vastedad primal desplegados por el cosmos.

Anteus ante este hermoso descubrimiento, quiso saber si podría convivir allí, en medio de la notable reciprocidad despojada de lo que la atrae, siendo uno de ellos, pero en otra forma.

Carecían de un líder; cada uno labraba su trabajo con la suma sapiencia otorgada por los antiguos hijos de Atempus. Y ante la petición de un ser vivo ajeno a su mundo, al ver su interés en dejar para siempre su vida, decidieron darle la oportunidad de convivir entre ellos, guardando las costumbres, respetando el tránsito temporal, salvaguardando el espacio entre universos y custodiando la entrada a su mundo. 

Anteus, ahora es el guardián.

 

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