Las lenguas

—Ay, Dios quiera que no se condene, comadre, pobre, tan buen muchacho. Todo fue por un mal de amor. Dicen que se pasó a despedir de todos los del mercado, que creyeron que ya se iba otra vez para ayudarle a su papá con la siembra.
—Pero cómo pasa usté a creer, Carmelita, que nadie sospechara sus intenciones, si dicen que andaba raro desde hace días, que no quiso descargar el camión, que’s que se miraba sin ganas, pues, ¿y la hermana ni por aquí? Ya pa’ que chilla.
—Pos es normal, me va usté a perdonar, doña Lupe, la hermana dijo que ayer no fue a dormir y que ella pensó que se había quedado otra vez con la mariposona de la frutería, ni que fuera adivina, digo yo entre mí.
— ¿Con la de la frutería, comadre? Qué va, si dicen que la semana pasada llegó el marido del viaje de piña y le puso una chinga bien buena porque le fueron con el chisme, si hasta anduvo de lentes la muy piruja, pa’ taparse el ojo morado.
—Oiga, Lupita, ¿y con qué se hizo la cortadota?
—Pos que’s que con una botella rota que sacó de ahí mismo, de entre la basura. Ahí estaba, parado encima del mugrero, y que agarra el envase y que zas.
—Dicen que la Cruz llegó luego luego.
—Pero se les murió en el camino, Carmelita.
—Pos es que vea, comadre, con la rajada en flor se empezó a sacar las tripas; jálele y jálele hasta vaciarse todo por dentro, de por sí era un flaquito…
— ¿Usté lo vio, comadre?
—No, pero ya ves que nunca faltan las lengua sueltas.

Gilda Salinas
México

Casa en las islas flotantes de Uros.
Foto: Pedro Toro

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