Habían pasado veintidós años desde que la misión Aurin regresó a la Tierra envuelta en incredulidad. Con el tiempo, los titulares desaparecieron, los gobiernos archivaron los informes y la mayoría de las personas terminó convencida de que toda aquella historia sobre civilizaciones estelares había sido una exageración nacida del aislamiento y el miedo, mejor dicho, para vender más periódicos. Solo unos cuantos científicos continuaban estudiando, en absoluto silencio, los materiales recuperados de aquella expedición.
El comandante Sandro Vergara jamás intentó convencer a nadie. Sabía que la verdad no necesitaba aplausos para seguir existiendo.
Después de abandonar el servicio activo, dedicó su vida a formar exploradores, pilotos e investigadores. Decía que el universo era demasiado grande para ser recorrido por “lobos solitarios” y que el futuro dependería de generaciones enteras dispuestas a mirar más allá del horizonte. Junto a Litia Rivas, la ingeniera con quien había compartido aquella travesía imposible, construyó una vida tranquila lejos de los reflectores.
Vivían en una casa levantada sobre una colina cerca de un acantilado que caía al mar, desde donde podían contemplarse las estrellas con una claridad excepcional.
Fue allí donde nació su hijo. Ián Vergara. Desde pequeño creció rodeado de libros de astronomía, motores experimentales, mapas estelares dibujados a mano y fotografías tomadas durante la misión Aurin. Mientras otros niños coleccionaban juguetes, Ián desmontaba radios antiguas para descubrir cómo funcionaban. A los doce años era capaz de reparar telescopios mejor que muchos técnicos. Sin embargo, lo que más le fascinaba eran las historias que su padre contaba durante las noches despejadas.
Nunca hablaba de batallas. Ni de monstruos. Recordaba el silencio del espacio. La inmensidad. La sensación de comprender que la humanidad ocupaba apenas un rincón diminuto del universo. Aquellas conversaciones despertaron una curiosidad imposible de apagar.
—“¿Crees que algún día volveremos?” —preguntó Ián una noche.
Sandro permaneció mirando la constelación de Orión antes de responder.
—“No tengo dudas. Solo ignoro quién dará el siguiente paso”.
A cientos de kilómetros de allí, el antiguo laboratorio del profesor Liam Arendell permanecía cerrado desde hacía casi una década. Tras su muerte, el edificio fue convertido en un museo científico. Miles de visitantes recorrían sus salas admirando motores, telescopios y prototipos que nunca llegaron a construirse. Solo una habitación permanecía sellada. El archivo privado. Los documentos indicaban que contenía experimentos inconclusos cuya tecnología aún resultaba demasiado avanzada para hacerse pública. Ián visitó el museo durante una excursión universitaria. Mientras el resto del grupo observaba las vitrinas principales, él sintió una extraña atracción hacia el ala restringida del edificio. No supo explicar por qué. Era una sensación parecida a escuchar una melodía apenas perceptible. Un zumbido grave que parecía surgir detrás de los muros. Aprovechando un descuido del personal, siguió aquel sonido hasta una oxidada puerta metálica. Sorprendentemente, estaba abierta. Dentro encontró un taller cubierto de polvo. Las herramientas seguían colocadas exactamente donde Liam las había dejado años atrás. Sobre una mesa descansaba un objeto del tamaño de una brújula transparente. Su superficie estaba formada por anillos concéntricos de un metal desconocido. No había botones. Ni inscripciones. Cuando Ián la tomó entre sus manos, el aparato despertó. Una luz azul recorrió los anillos. El aire vibró suavemente.
Y el muchacho escuchó una voz. No provenía del laboratorio. Resonaba dentro de su cabeza.
—“Frecuencia recuperada… Buscando enlace…”.
Ián dejó caer el dispositivo. La luz permaneció encendida. Las paredes comenzaron a reflejar diminutos puntos luminosos. Parecían estrellas suspendidas alrededor de la habitación. Un instante después apareció una imagen tridimensional. Era el profesor Liam Arendell. No se trataba de una grabación convencional. La figura reaccionó al verlo.
—“Si alguien ha logrado activar este transmisor, significa que el tiempo finalmente nos alcanzó”.
La proyección sonrió con tristeza tras una estática.
— “Durante nuestro viaje encontramos tecnología que jamás debió llegar a la Tierra. Intenté ocultarla. Pero comprendí demasiado tarde que algunos dispositivos continúan funcionando incluso después de décadas de silencio. Este transmisor busca automáticamente su punto de origen. Y cuando lo encuentre… Ellos sabrán dónde estamos».
La imagen comenzó a desvanecerse. Pero antes de desaparecer añadió una última advertencia.
—“Si escuchas una respuesta…”…
No contestes. El laboratorio quedó completamente silencioso. Ián respiró aliviado. Entonces el aparato emitió un pulso. La esfera central adquirió un intenso color verde. Los anillos empezaron a girar por sí mismos. El joven intentó desconectarlo. No encontró ningún mecanismo. El zumbido aumentó de intensidad. Las ventanas vibraban. Los anticuados instrumentos del laboratorio comenzaron a encenderse solos. En el centro apareció una columna de luz. No proyectaba imágenes. Parecía un túnel. Un puente. Algo acababa de establecer contacto a través de distancias inimaginables. Pasaron varios segundos. Después, una voz grave atravesó el silencio. No sonaba humana. Tampoco mecánica. Era antigua. Profunda.
—“Identificación confirmada. Sector perdido localizado».
Hubo una pausa. Luego llegaron las palabras que cambiarían la vida de Ián para siempre.
—“Aquí habla el Dominio Perpetuo”.
El Trono continúa vacío. Esperamos el regreso de su legítimo heredero. La voz desapareció tan repentinamente como había surgido. El laboratorio quedó en silencio. Solo permanecía encendida la pequeña esfera del transmisor, cuyo resplandor verde parecía latir como un corazón diminuto. Ián retrocedió unos pasos, incapaz de apartar la vista del aparato. Sentía que acababa de cruzar un umbral invisible. No comprendía qué era el Dominio Perpetuo, ni por qué hablaban de un heredero. Lo único que sabía era que aquellas palabras no podían ser una casualidad. Tomó el transmisor con cuidado y abandonó el museo sin decir una palabra.
Esa misma noche condujo hasta la casa de sus padres. Sandro lo recibió con la misma serenidad de siempre, pero bastó una mirada para comprender que algo grave había ocurrido.
—“¿Qué pasó?”.
Ián dejó el pequeño dispositivo sobre la mesa. El color desapareció del rostro de su padre. Durante varios segundos ninguno habló. Finalmente, Sandro tomó asiento y respiró profundamente.
—“Esperaba que este día nunca llegara”.
Litia observó el transmisor con evidente preocupación.
—“¿Llegó a activarse?”.
Ián asintió.
—“Escuché una voz. Dijo que el Trono esperaba a su heredero”….
El silencio volvió a instalarse en la habitación. Sandro cerró lentamente los ojos. Había ocultado aquella verdad durante más de dos décadas. Ya no tenía sentido seguir callando. La noche en que la misión Aurin abandonó el sistema estelar donde había establecido contacto con los exploradores alienígenos, ocurrió algo que nunca apareció en los informes oficiales. Antes de regresar a la Tierra, una anciana perteneciente a aquella civilización pidió hablar a solas con Sandro. Lo condujo hasta una sala donde las paredes estaban cubiertas por mapas de galaxias. En el centro descansaba un antiguo cetro de cristal. La mujer le explicó que, mucho antes de que la humanidad aprendiera a fabricar herramientas, una inmensa confederación había unido cientos de mundos bajo un mismo gobierno. Su misión consistía en preservar el conocimiento y evitar guerras entre civilizaciones. Aquella era había terminado siglos atrás. Un gobernante ambicioso había intentado convertir aquella alianza en un reino absoluto. El conflicto destruyó sistemas enteros. Los supervivientes ocultaron los registros de aquella época para impedir que semejante poder volviera a concentrarse en una sola persona. Sin embargo, una parte del antiguo régimen nunca desapareció. Había permanecido oculta entre las regiones más remotas de la galaxia, esperando el momento de reconstruirse.
Francisco Araya Pizarro
Chile

Francisco Araya Pizarro nació en Santiago de Chile, en 1977. Es Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital, Community Manager, Crítico de Arte, Cine, Arte Culinario y Literatura. Además de Investigador y Escritor de Ciencia Ficción. Escribió 4 libros publicados en Amazon: Las Crónicas de Marte (2023), La Gata Relámpago (2023), Codei Humanitas (2024) y Lid (2024), tiene un cuento antologado: Hoy Despierto, 2024, Chile. Sus textos han sido publicados por diferentes revistas literarias en español, cuenta con los reconocimientos en el I Concurso Literario Internacional “Orestes Pérez 2023” y el de la «Revista Dragon Escritor» en la categoría cuento, muchos de sus cuentos también pueden ser encontrados en http://www.tumblr.com/franciscoarayapizarro