El asfalto de la ciudad todavía retenía el calor del mediodía, desprendiendo un vapor caliente que distorsionaba las siluetas de los edificios vanguardistas de Barcelona. Leonor caminaba con la mochila al hombro y los auriculares puestos, aunque no escuchaba música; los usaba como un escudo para aislarse del fluir perpetuo de peatones ensimismados en las pantallas de sus teléfonos.
A sus veinticuatro años, trabajaba archivando documentos digitales en una oficina sin ventanas, una labor monótona que sentía que le iba apagando la creatividad día a día. Había llegado a la ciudad condal dos años atrás desde un pequeño pueblo costero andaluz, persiguiendo el sueño de estudiar literatura.
No obstante, tras la muerte de su abuela – quien solía contarle historias junto al fogón y le había enseñado a respetar el murmullo de la tierra –, Leonor se había estancada. Atrapada entre la prisa, las deudas y el desarraigo de la rutina cosmopolita, hacía meses que no escribía una sola línea. Sentía que había traicionado su pasado para encajar en el hipócrita engranaje de la modernidad.
En medio del ruido ensordecedor de los motores, los frenazos y las sirenas, un sonido sutil, pero continuo, rompió su coraza metálica y captó su atención: el latido grave y profundo de un cultrún. Era un retumbar que no se escuchaba con los oídos, sino que resonaba directo en su interior, despertando un recuerdo dormido de su infancia.
Siguió aquel eco magnético hasta una pequeña plaza de cemento, un rincón olvidado y encajonado entre dos gigantescos rascacielos de vidrio espejo. Allí, un grupo de jóvenes artistas visuales y activistas callejeros estaban transformando una inmensa pared agrietada de propiedad abandonada.
Eran jóvenes de su misma edad, con ropas manchadas de acrílicos, aerosoles entre las manos y miradas encendidas por un propósito común. Entre ellos se distinguían estudiantes de arte, chicos de comunidades originarias de la periferia y poetas de barrio que buscaban recuperar el espacio público a través de la memoria colectiva.
El mural que pintaban era monumental y caótico, pero curiosamente armonioso. No se trataba de un grafiti corriente; era una explosión de colores vivos que entrelazaban rostros ancestrales, de facciones marcadas y ojos sabios, con estructuras modernas formadas por cables de alta tensión, circuitos electrónicos y luces de neón.
En el centro de la composición, una enorme fogata rompía la rigidez de la arquitectura urbana. El fuego, dibujado con trazos geométricos y decididos, parecía cobrar vida propia y desprenderse de la pared del cemento, desafiando la frialdad del entorno.
Leonor se detuvo de inmediato, fascinada. En un mundo que avanzaba a un ritmo digital frenético, cada vez más desconectado de la tierra y el pasado, aquella pintura se sentía como una conexión esencial: un puente entre el legado de su abuela y su presente abstracto.
Una de las muralistas, una joven pecosa, de cabello largo y trenzado, con las manos manchadas de pintura roja y azabache, descendió del andamio y se acercó a ella al notar su asombro.
—El arte no solo se decora— dijo la muchacha, limpiándose la frente con el antebrazo, como si hubiera adivinado sus pensamientos . El arte recuerda quiénes somos cuando todo lo demás —la tecnología, el asfalto, el dinero —intenta que lo olvidemos. Este fuego representa la memoria que no pudieron apagar.
Leonor contempló nuevamente el mural. Las llamas parecieron agitarse ante sus ojos, alimentadas por voces antiguas, relatos perdidos y nombres que todavía se negaban a desaparecer.
—Mi abuela Matilda también contaba historias junto al fuego —confesó a media voz.
La muchacha sonrió y le ofreció un aerosol.
—Entonces su voz aún vive en ti. Solo tienes que encontrar la manera de dejarla salir.
Leonor apretó el bote durante unos segundos. Después, con timidez, trazó una pequeña llama en uno de los extremos del mural. Distaba de ser perfecta, pero era suya. Al terminar, sintió que algo olvidado volvía a arder dentro de ella.
Esa noche regresó a su apartamento de una sola habitación. El silencio sepulcral de su cuarto contrastaba con el bullicio de la tarde, pero el fuego del mural seguía latiendo con fuerza en su mente.
Sintió una necesidad urgente que no experimentaba desde hacía años. Encendió el ordenador, cerró todas las redes sociales y abrió un documento en blanco. Durante unos instantes observó el cursor parpadeante, como si fuera una diminuta llama esperando alimento. Entonces comenzó a escribir con una velocidad que incluso le asustó a ella misma.
Escribió acerca de su abuela, del pueblo que había dejado atrás, del rumor de mar y de aquellas historias que creía perdidas. También escribió sobre la ciudad, sus destellos de neón y las personas que caminaban sin mirarse. Finalmente se dio cuenta de que no tenía que escoger entre el pasado y el presente: podía convertirlos en una sola voz.
La actualidad no solo estaba compuesta de noticias efímeras, algoritmos y tendencias globales de internet; se componía de la resistencia poderosa de la identidad que se niega a desaparecer en el olvido.
Cuando el amanecer comenzó a filtrarse entre las persianas, Leonor escribió la última frase y apoyó las manos sobre el teclado. Afuera, Barcelona despertaba bajo sus luces artificiales. Dentro de ella, sin embargo, ardía un fuego mucho más primitivo. Un fuego que ni el tiempo, ni el asfalto, ni el neón podrían apagar.
Silvia Carús
desde Portugal

Silvia Carús es escritora, poeta y creadora multidisciplinar. Escribo desde Portugal, donde encuentra inspiración para dar vida a relatos y poemas. Sus letras viajan entre mundos, emociones y memorias, y
a través de la poesía y la narrativa, da voz a sentimientos, sueños y experiencias que nacen de la sensibilidad y la imaginación. Ha sido reconocida con los premios Péndola Dorada, en Perú; La Pluma de Oro, en Venezuela; y el primer puesto en el I Festival de Poesía Romántica “Metaverso”, en Perú.