por Amanita Muscaria
El arte deviene aurático cuando es un original, único, legítimo. La basura bien organizada, una banana pegada con cinta en la pared, un collage analógico o digital, un mingitorio firmado, los happening y performance en los museos o centros culturales, el kintsukuroi también pueden ser artes auráticos porque lo que importa ahí es el punto de partida del que nacen y la metodología de trabajo. Así como las esculturas se tallan en mármol, Marina Abramovic en Rythm 0 (1974) parándose en el centro de una habitación junto a una mesa repleta de objetos (entre ellas, un arma cargada) para utilizarlos sobre ella, están dotadas de una esencia que las hace inigualables e irrepetibles incluso en la memoria de aquellos que experimentaron el evento. El arte moderno hoy en día está hermetizado en museos (muchos de ellos, con financiación privada, de acceso limitado) pero en su momento supo dar el salto para hacer presencia en la vía pública, centros educativos, e incluso la propia naturaleza con el land art.


Fotografías tomadas por Amanita Muscaria durante su visita a la muestra temporal Dream come true (2016) (MALBA) de Yoko Ono donde se puede ver la práctica de kintsukuroi
Un dia de 1991, en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Liliana Maresca (1951-1994) llevó su Ouroboros diseñado a partir de libros de su biblioteca con el objetivo de mostrar la visión cíclica y corrosiva de, irónicamente, un saber que invita a pensar múltiples perspectivas. Se dice que también la serpiente tenía de escamas libros de teoría filosófica, lo que da a entender que el saber se transmite masticado y deglutido para los demás quizás por la subestimación del entendimiento para quienes no pertenecen a las ciencias humanísticas. Es cierto: a día de hoy quien vaya al sector de “Filosofía” o “Sociología” de las librerías corporativas nos ofrecen más material teórico que obras originales de profesionales que proponen un tema medianamente original o, para peor, los libros de filósofos importantes sufren traducciones cada vez más cutres. Y con la inflación permanente de Argentina, o se prioriza poder pagar el transporte público para trabajar o te das el gusto de comprarte el libro.
Sin embargo, la denuncia de Maresca tiene lugar en el patio de la planta baja de la facultad. Parece ser que la industria editorial no es el único culpable de todos los problemas del mundo, sino también la educación que ha tenido en su haber licenciados, investigadores y docentes que por años no han cambiado tópicos ni han propuesto obras más disruptivas en su materia o especialización aún en un periodo post-dictatorial donde la vanguardia estaba al día. Incomodó muchísimo la obra y por obvias razones para ese entonces: no era una denuncia al capitalismo ni a las editoriales, sino a la institución que reproduce-como el capitalismo- saberes robotizados (podríamos decir también algoritmizados) que generan sensación de seguridad y respeto hacia las “antiguas formas” (de valores, costumbres, jerarquías, posiciones). No nos hagamos los inocentes: cuidar el trabajo es cuidar el estatus en una casa de estudios elite, y nadie quiere que su cátedra valga menos que una nueva (más disruptiva o que ofrezca los mismos temas pero con una oferta laboral accesible para una clase de estudiante que no podía cursar antes). Una segunda osadía eran las obras pertenecientes al Ouróboros; no se sabe a día de hoy con exactitud qué libros componían la serpiente, pero se rumoreaba que había más libros de un tema que otro, lo que hizo hipotetizar si la obra no era contra alguna subdisciplina tildada de cavernaria. Y por último, como todo happening escultural, la obra fue prendida fuego (si, se prendió fuego una serpiente de libros) no con el objetivo de incitar a la censura, sino que lo que lo motivó a hacerlo a Maresca era enviar el mensaje de romper con el ciclo. Los alumnos quedaron horrorizados con su destrucción, lo que nos motiva a pensar que esa generación era tan adepta a las viejas formas como sus docentes y administrativos, y por supuesto, no les trae buenos recuerdos ver a la cultura quemada debido al pasado bélico y dictatorial; la quema de valiosísima información transversal a muchas generaciones duele por su valor más emocional que económico, pero recordemos que aquí hubo finalidad artística y no político-persecutoria. El buenpensamiento, buenismo, la correcta moral y el sentimiento de lo bello hacia el “buen aprovechamiento” material remite un poco al Partenón de los libros (1983) de Marta Minujín que una vez finalizada la exposición, una grúa levantó y torció la obra para que los libros caigan y permitan a las personas llevarlos a sus casas, dándole un nuevo (y buen) uso a libros que no se imprimían dada su prohibición durante el último golpe de estado. Si Maresca no optó por esa alternativa, es porque sabe muy bien que suceden con ellos: la gente espera llevarse algo con el día de mañana darle el uso que se merece, pero termina juntando polvo en la biblioteca hogareña pidiendo a gritos ser leído. Hermetismo no son sólo las instituciones onanistas con sus libros intocables (aunque bueno, en nuestro siglo hoy se consigue todo por internet gratis o por la compra del ebook), sino también el excesivo valor material que se da a los libros de Maresca que ¿alguien sabe en qué condiciones estaban como para defenderlos de la quema? ¿Y si estaban con las portadas y contraportadas rotas, las hojas beige y quebradizas de tanta longevidad? ¿Y si estaban ilegibles? ¿Y si ella les veía más utilidad en la finalidad de ser una obra y no ser (re)leídos? Después de todo, fue material proveniente de su biblioteca, no le pidió prestado nada a nadie.
La vida de Liliana Maresca fue fugaz, pero es eterna en los corazones de todos los artistas surgidos post-dictadura.

Liliana Maresca junto al Ouroboros en el patio de la planta baja de “Puan”, la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad de Buenos Aires (FFyL-UBA). Créditos: Adriana Miranda


Amanita Muscaria (1998) nació en Argentina. Actualmente cursa la carrera Filosofía (UBA). También fue estudiante en la escuela de dibujo Eugenio Zoppi dedicada al género de la historieta, hoy realiza acuarelas y collage digital. Fue expuesta en la muestra Sobrecarga (Argentina, 2021) y Di opere Mariane (Italia, 2024), colaboró cómo ilustradora para la antología poética La shoa (2023) y Poesie Mariane (2024). Sus primeros artículos fueron publicados en la revista argentina Espectros.