Están en el andén, uno frente al otro esperando impacientes el desenlace, ya acomodan el equipaje, de un momento a otro subirían los pasajeros, no es una simple despedida probablemente no se volverán a ver. Parecen siglos estos minutos, al fin llaman, lo besa cuidando no dañar su creyón labial recién untado.
— ¿Pudieras haberlo hecho mejor? en otro tiempo, en otro lugar, la pasión te cegaba—se quejó él para no perder la costumbre.
Entonces se repite la acción y sus labios apenas rozan por última vez a este hombre maligno, mucho daño le ha hecho. No se volvió ni se detuvo hasta caer en el asiento con el número del boletín, cerró los ojos y se dejó llevar por sus pensamientos, ajena al movimiento del tren, está en coma sentimental.
«Es verdad, exageró un poco con su saludo ¡Mi gooooooorda!”, y aquel abrazo delante de todos, yo también me hubiera puesto celosa, ya ni eso, perdí las libras al lado de este tipo. Total, nada malo había en aquello, el próximo año voy a volver a ser la de siempre, este aire acondicionado me tiene mal y este de al lado queriendo cotorrearme, ¡No está mal!, mira ya ni me fijaba en los hombres, eso es un buen síntoma».
— ¿Desea tomar algo, joven?— dice el del asiento contiguo.
«Este si es rápido, deja hacerme la dormida o no me va a dejar en paz» —pensó
«Los celos de este hombre no tienen comparación, ¿Cuántas veces se repitieron estas escenas? ¡Uf! Yo era un globo, cuando estaba enamorada, no se me podía acercar hombres-espinas, pinchaban el globo, y yo acepté todas estas estupideces, éste no me va a dejar tranquila».
— Yo te conozco de la televisión, una cara tan linda no se me olvida.
«Ahora si se quemó, si supiera, ¡hoy no quiero saber de hombres! ¿Por dónde iremos? Tengo deseos de llegar. Ahora cuando mami me vea me insulta por dejar todo atrás, porque ella vivió así, aguantando, como era antes, aquel día, llegó a mi oficina y porque estaba el grandón allí a mi lado con su sonrisa juguetona, descargándome, pero ese era mi puesto, no me podía ir de allí, ni decirle: vete, en realidad, no me caía tan mal la palabrería del hombre, ¿si pudiera dormir un rato?».
— Te voy a poner en tu bolso mi tarjeta, quizás un día la necesites.
«Tarjeta y todo, ya se cansó, ni con mi cuñado, si no hubiera sido por mí no se consigue el pan, ¿Quién mejor que mi cuñado panadero? Solo por poner las manos en el manubrio de su bicicleta, ya no era mi cuñado, esa hermana mía tiene una puntería para encontrarse tipos “Rebuenos”, total, irme fue lo correcto, ya está viejo, su carnaval pasó, este viejo no es vino, es vinagre. He perdido diez años de mi juventud haciendo de esclava, ya me está llamando».
—Debe haber sido muy malo, cuando apagas el celular.
«Dale Llilla con la matraquilla, me esforcé mucho, hice maravillas para estar tranquila en el trabajo, cada cinco minutos me llamaba, si llegaba tarde a casa, tremendo problema, aquel día cuando el jefe me llevó en el carro como a las dos de la mañana, si apreté».
— Todos los hombres son iguales—se le escapó la frase.
— ¡Ah!, pero si no es muda, muy bien, eso mismo digo yo, por eso no me gustan.
— ¿Quién no le gusta?
— Los hombres—contestó, arrancándole la primera sonrisa después de la despedida funesta.
«¿Tendría razón sobre lo de la cerca perimetral?, decía: no tienes cerca perimetral, como si fuera una edificación, dejas acercarse a los hombres, no sabes quitártelos de encima, ¡Sata! En realidad era una ofensa porque nadie nunca me tocó, nadie me manoseó».
— ¡Usted es muy joven!, usted tiene futuro en la ciudad, quizás a mi lado le sea diferente.
«¡Ah! También es ciego, me duele mucho no poder dejar de quererlo a pesar de proponérmelo, ahora mismo, con él no puedo vivir, pero sin él, tampoco, como una persona no es capaz de percatarse cuando una lo quiere, hasta dejé de besar a la gente ¡Yo! Estirando la mano ¡Mayúscula ridiculez!»
— Puedo apreciar a las personas cultas, ¿No te has leído “Diez minutos de parada” de Miguel de Unamuno?
—No.
«Ya me está tuteando, claro, si lo leí, cursi, ahora viene con lo del amor a primera vista, en diez minutos puede cambiar una vida, pero yo no soy la camarera del cuento. Se me está pegando, lo siento, su mano está sobre mi muslo, ¿Qué se habrá creído? Ni tan siquiera se quita el anillo».
Entreabrió los ojos, miró sus uñas despintadas encima del pantalón blanco del hombre.
«Él decía: tus uñas son cuchillos, no me dejaba acariciarlo, lo arañaba».
Miró sus brazos de mujer musculosos, tostados por el sol.
«Eso es por los tantos cubos de agua cargados más las largas jornadas nocturnas dando manigueta para moler el maní, de algún lugar había de buscar el dinero para el poeta, además de ser machista era poeta».
― Se vio vendiendo las barritas de maní de oficina en oficina, sintió rabia, suavemente deslizó su mano, muy despacio bajo el zíper del pantalón blanco, observó de reojo la sonrisa omnipotente del hombre conquistador, ya el pene estaba duro como un raíl, titubeo, Recordó el de su exesposo, como si fuera un majá, le vino a la mente la escena final de cada acto de sexo, se separaba como si fuera un gallo, la dejaba abandonada cuando más lo necesitaba para dormirse acurrucada. Acomodó un testículo en su mano, le clavó las uñas una y otra vez hasta agujerear su escroto como si estuviera apretando los huevos de todos los hombres juntos.
Omar Rosa González
Ciego de Ávila, Cuba

Omar Rosa González, (Ciego de Ávila, Cuba, 1956). Escritor de formación autodidacta. Licenciado en Educación por Instituto Superior Pedagógico de Camagüey. Se desempeñó como profesor durante quince años. Posteriormente realizó un Técnico Medio de Contabilidad, trabajó por más de quince años como Contador. Laboró además, en la esfera bancaria, ya jubilado se reincorporó como Auditor en la Empresa Eléctrica.