La estatuilla danzante

Cuento

En aquellos tiempos, existió una estatuilla danzante.

La estatuilla no se podía regalar o abandonar así como así; cada vez que notaba alguna gota de desinterés, amenazaba con hacerse un daño terrible (como desfigurarse la cara o abandonar la danza) y uno se sentía imposibilitado de hacerle un mal semejante.

Al principio era lindo verla bailar sobre lo más alto de una planta, en uno de esos macetones grandes que ella confundía con la selva, pero a medida que los días se sucedían, ya no se conformaba con unos pocos minutos; había que inundarla de atención, interrumpiendo cualquier otra tarea.

Incluso si, agotados por las tediosas horas de absorta contemplación, in-intencionadamente nos dormíamos, ella nos pellizcaba los párpados con sus diminutas uñas, a veces hasta un punto tal que, al despertar, pequeños hilillos de sangre se colaban en nuestro campo visual.

Uno debía abandonar toda su vida como la conocía para dedicarse enteramente a la contemplación de su danza. Es así como uno terminaba convirtiéndose en su esclavo.

Y todo por la falta de fuerza de espíritu, y la oscura y llameante tristeza del futuro remordimiento de aplastar de un manotazo su cuerpecito contra el barro fresco, hundiéndola hasta la mitad de la maceta, y que las lombrices se encargaran de lo demás.

No. Por eso no me enojé cuando mi amigo me tendió la trampa. Porque ya desde los primeros dolores y agotamientos físicos sentí como una anticipación de todo el daño que hubo sufrido él.

Escuche el ¡Clank! de la pesada mochila de hierro al caer, golpeando el mosaico del patio de su casa. Supe que, en la medida en que pudo, mi amigo continuó con su vida (aunque tuvo que buscarse un nuevo trabajo, nueva novia, nueva identidad, nueva locación y demás).

Soy un hombre débil y mi debilidad se llama compasión. Por eso perdoné a mi amigo y no volví a su casa para reventarle la cara de una patada, como fielmente se merecía.

Para abandonarla sin que ella se sienta abandonada, a la estatuilla, debemos hacerla pensar que es ella la que nos abandona. Esto se logra invitando a una persona a casa y gastando cantidades astrales de energía en tratar de que ella se enamore de esta persona. En la mayoría de los casos, funciona.

La persona nueva, encantada por el efecto de la envoltura superficial de las primeras danzas (que ocultan el desconocimiento profundo de la naturaleza de aquellas danzas).

Además, ¿cómo no enamorarse de una doncella tan plateadamente hermosa? De esta manera, generaciones enteras se han deshecho de ella y de la pesada mochila de bronce, pasándola de mano en mano.

También yo debería hacerlo, antes de despertar un día y notar con cierto desagrado que me laceró las piernas para que ni siquiera mis caminatas al baño interrumpan la contemplación de su danza, como le pasó a mi amigo.

Facundo M.Desimone
Buenos Aires – Argentina

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