Ana María Dorregaray

A continuación una trilogía de relatos desde Entre Ríos, Argentina.

Tabulum 

Una madera de aspecto vetusto se cuela entre las manos del ciego que mientras la limpia le recuerda todo lo que, en esos surcos  ha dejado el cuchillo, lo fabricado por su madre con las manos. 

¡Es la madera con la que mi madre cocinaba,  la tabla en la que el profundo cuchillo dejó un surco abierto para que se cuele la memoria a través de mis palabras!  

No puede ver el surco solo puede tocarlo y sentir las asperezas que las manos de la cocinera dejaron allí detenidas… recuerda la nostalgia que le trae ese pedazo de madera, me cuenta que allí se cocinó su infancia, su adolescencia, su adultez hasta que su mamá partió de este mundo. Solo encallado en la memoria ha quedado este recorte de madera y el sabor de su vida.

La mujer suele tener ese no sé qué de admiración para los hombres a través de los platos que prepara. Bien se dice parafraseando una idea toltoisiana que la bruja dará de comer y atrapará al pequeño y a la víctima. Pero con el hijo la madre es la pieza fundamental para formar adultos responsables. La madre transmite no solo los sabores y el saber, valga la redundancia, sino que transmite la cultura por eso es que en la antigüedad eran condenadas las llamadas brujas para que no despertaran el sabor del saber. La madre, cuna, ómnibus, chimenea, transporte… la madre es todo eso y  ser revivida a través de una tabla de cocina que un ciego mece sobre sus manos y acaricia como deteniendo en la cocina del tiempo, eso, su paso por la casa. 

Tabla / Tabulum que ya no tiene más que el esqueleto, pero que él decide enmarcar para guardar aunque sea un poco la memoria que le queda, esta memoria colectiva del sabor, del olor, de la cocina de su madre que alguna vez pudo ver y que los recuerdos solo son eso recuerdos añejos de otros luminosos tiempos.

Las manos del carpintero


Las manos del carpintero no son manos suaves y mucho menos manos pequeñas,  los callos y las heridas ocasionadas por el ruin y desprolijo andar entre las maderas han hecho que haya dejado de acercarse a los otros por miedo a raspar, lastimar y muchas veces entorpecer el rostro, la mirada ,la boca y otras partes del cuerpo que con las manos solemos llegar a palpar.

Las manos del carpintero tienen algo especial: pueden convertir un trozo de árbol en una bella pieza de arte. 

Este carpintero que yo conozco tiene las manos largas “muy, muy largas…” y cada madera que toma la convierte en un objeto capaz de enamorar y de conquistar el corazón del dueño. Este carpintero trabaja sobre una mesa a la que le va dejando una herida distinta cada vez que el martillo, la pinza o la sierra pasa sobre ella (mesa de banco le llaman o de trabajo).

Hoy lo he visto, he mirado en sus ojos profundos mientras me mostraba una tabla de cedro sobre la que trabaja. Me he conmovido al ver con qué sutileza toma la pieza dura , fría y rústica en sus cálidas,  pero ásperas manos.

El carpintero no está bien, pero intenta que esas piezas demuestren la belleza que habita en su alma, la que lo convirtió en lo que es, sabe que cada vez que expone su trabajo terminado deja su corazón y hay mucho ahí …¿y cuánto más tendrá para darnos?  Quiero proponerle que tome una madera y como dice la canción “volver en guitarra” convierta ese árbol que alguna vez tuvo vida en un bello instrumento creado por sus manos, ya que, con las manos armará armonías para que otros hermanos se acerquen a su lugar de trabajo no solo para ver lo que sabe hacer, sino, para conocer su ser y sus caricias, aunque estén llenas de callos. Los callos del alma son más duros y no se ven. Carpintero… veo las manos y veo los milagros.

Sangran hermoso, Juan 

Por las pedregosas rutas de Entre Ríos, debajo de un acoplado Javier y su amigo Juan sufrieron la desidia.

Dos monstruos de hierro quedaron detenidos al costado de la acera y Juan hizo de refuerzo. Mientras el aceite quemado de un avejentado vehículo se derretía entre sus manos sintió como la acera junto con el viento, el polvo y los fierros rechinaron por sobre sí.

No vio, solo escuchó un chistido metálico y ya estaba sangrando su pierna. Cómo desesperado, atónito y en fugaz movimiento vio a Javier también herido por la serpiente de hierro. Fueron solo segundos que quedaron atrás hace 113 días. Hoy la anécdota se vuelve sonrisa y esperanza porque tan solo en 5 días o en 7 estarán de regreso a encontrarse con los suyos. Pero mientras me cuenta cómo fue ese momento, que nunca antes había podido contar, me muestra cómo sangran hermosas sus cicatrices abiertas.

El contempla la vida y la de su amigo que hace un mes volvió a su tierra. No vuelve entero, vuelve roto, pero con el corazón lleno de experiencias que nada tienen que ver con la sapiencia de su oficio.

Juan: «¡no sangran hermoso las heridas!»  sino que hermoso sangran las penas de un capítulo que nunca hubieras leído si Gualeguaychú no hubiera sido el destino.

Si tuviera que describir lo que es Juan para Gualeguaychú, tierra de poetas, diría que viéndolo con sus heridas provocadas por el camión hoy es un ceibo que se ha puesto en flor. En ese tríceps derecho, una flor se abre camino y trepa directo al corazón. Ya es uno de los nuestros. Un Chaná, un tigre de aguas abiertas.

Ana María Dorregaray
Gualeguaychú Entre Ríos Argentina

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