I
Clama espantoso en reserva, apiádate, escupe, integra la variable, omnímodo, cuasijunto, desvariado en yugular, en recipiente, extrañeza por la anticuada y oportuna, estás para el desvelo, los días seguidos, vas en marcha a las profundidades, en ti se revuelven los gigantes, los minúsculos, las estancias. Es el burro en que iba José María, el anticuado, el rojo, el que libertará de secuestradores, el último, el primero, los paseos de la estirpe en él se resumen, y la juntanza, el imponente desfile mestizo, el juete y los resortes universales. Tú apaciguador de mundos, creador cimero, apila a los cobardes, levántalos, enséñales el corazón amigo y la hartera enemistad provocada, el enjambre que robaba y el hachazo que aplaudió esa vana migajera. Ya que invocas las «nuevas fauces» y los desgarramientos —la aurora-éxtasis— redefine el prolijo y la tinglera, dale al acabose una sensación de lúpulo y alcoba, vuelve los pasos al atracadero, y asciende la inquietud.
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Redistribuye la aceptación de los mundos, elemento, influencia, y danos de beber por la alcoba, hacia el espíritu; «siempre loca sed» que no sacias, que no invitas a otro vaso, pero tenme presente, ayúdame a principiar la sangre, ofrenda la magnitud a la mayoría en conferencia. Comunión que destruye lo vano y almacena, vente, propaga la interioridad insaciable, sin par mordedura a los milagros.
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Admira el poder del fuego en tu mancha, en tu carne renovada, oh cuerpo entero. Y mira cómo actúa en mí, en los otros, que también extienden la mano, bienvienen su fritura, el opaco beso que chupa el aire, anhelan las nubes pintadas —que tú decretas.
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Departe y «sube a mis labios» esta acumulación montuna. La hemos llamado para su regencia, y quedose amontonando feligreses, diurnos compadres que le sirven en cuanto se ve llamada —vibración atómica— por el gentilicio de la materia a captar para los arrebatos. Es el asombro en el desequilibrio del organismo. La unidad potencial que se declara en derrota solo para probar otro amargo de los posibles, sabiendo que ninguno se le niega, y en caso de negársele lo crearía, pues tiene asombro-cerebro en un estuche africano. Ya que piden la totalidad desconocida, por qué no enfrentarse a las crías de logaritmo, a los números calculables por la tonsura y el jugo de las noches leprosarias. Toda ley cuenta con su principio no legible, y tratamos de resolverlo, de otorgarle estabilidad —desde la parálisis— que no es sino cuenta malversada, modalidad de puentes que nadie convoca, gracia de partera-universo en la fluidez del rojo, oh tradición que me afloras, sostenme, dame la variedad y organiza al comité por los años de la escucha.
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Si eres plenitud. Y contento. Afloras la personal hartura. Propia fuerza de arte en motor de época. Bendicen los barbados el temperamento, la prestación de tu inquina.
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Qué es esto tu presencia, el color material-grotesco, ínfimo, crepuscular, del novio hacia la calle —la «estética de la imaginación» sonámbula— el color total en síntesis por frío, el reflejo de la infinidad postrada, caliente, por la exaltación, la cosa inspirada, instantánea, objetual.
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Por todas partes sin comparación alerta la aguja el carácter y la diligencia, la vía al castigo que es diferente al ya contado, no es ninguno de los deshechos porque es un dios distinto el que lo oficia. Le agregamos nombres para traerlo, pero él se los cambia, nos evade por diablura, nos atosiga a un solo retén de madreselvas, ese es su ataque, lo cumplimos, lo echamos de la zona que fue bendecida por dentro, y ahora no hay salida, nadie tiene la llave ni levanta las piernas, no encontramos el modo de evadirnos. La apariencia de la «masa ambigua» identifica a uno de los escapados, que imaginamos afuera, y le dicen que regrese pare compartir el desprendimiento, la acusación —el regocijo en tierras copadas—. Y no entiende. Era un reflejo de la punta del dios enemigo, al que tenemos de señor en toda su eficacia, trayendo la vulgaridad oblicua y los postres zalameros, a ver si le damos razón de la gloria, si creamos una lengua para él solo, con que sepamos obedecerle.
Fátima, junio 30 de 2026
Alejandro Zapata Espinosa
Itagüí, Colombia

Alejandro Zapata Espinosa (Itagüí, Colombia, 2002): licenciado en Literatura y Lengua Castellana (Tecnológico de Antioquia); Magister en Educación (Universidad Santiago de Cali).