por Ernesto Rodríguez
Una característica que resalta en el devenir de la historia humana es la necesidad de dejar un testimonio de su existencia, muchas veces realizando dicho ejercicio de forma inconsciente; utilizando las expresiones orales, y luego de la invención de la escritura, haciendo uso de la misma para perpetuar para las postrimerías la construcción de la visión propias que cada cultura o civilización han tenido de su entorno. De esta manera es como se han conservado los registros históricos que han dado luz en cuanto a los eventos sucedáneos acontecidos en épocas pasadas, consiguiendo traer hasta la época contemporánea las expresiones del conocimiento acumulado por antiguas civilizaciones que llegaron a alcanzar un variable grado en su desarrollo social, al algunas poseer una sociedad claramente delimitada y jerarquizada, una definida base comercial de intercambio de mercancías, el poderío económico y militar necesario para la conquista de territorios con el afán de expansión de su hegemonía cultural, un claro desarrollo de sus creencias y prácticas religiosas y/o espirituales. Una tendencia clara que resalta al estudiar estas antiguas civilizaciones y culturas esparcidas a lo largo del globo terráqueo es que mientras mayor sea el grado de desarrollo que estas civilizaciones alcanzaron en sus dinámicas sociales, mayor será el acervo cultural que las mismas tendrán para dejar testimonio de su existencia para la posteridad.
Claramente el invento que fue de gran ayuda para la conservación de gran número de registros históricos fue la escritura, antes de la misma existían las tradiciones orales que se transmitían de generación en generación, aunque este método de transmisión del conocimiento colectivo padecía de varias falencias, entre las cuales se puede mencionar: la fácil tergiversación o alteración de la versión original, la caída en desuso de las expresiones orales por diversos factores, la pérdida de vigencia de sus fundamentos epistemológicos en sustitución de otros más adecuados al contexto reinantes, entre otros. Sin embargo con la práctica de la escritura y su posterior desarrollo y masificación en su uso se pudo mantener cierto grado de fidelidad en los registros que servían como estatutos para la conservación de la memoria histórica de las civilizaciones.
Geográficamente enfocado en el subcontinente indio alrededor del II milenio a.C., época en la que según fuentes históricas se compone la obra que vendría siendo el texto literario más antiguo de esa región, conocido con el nombre de Rig-Veda, obra que sirvió como base para fundación de la religión védica, cronológicamente anterior la religión hinduista que rige por aquella región. Escrito en sánscrito, su composición consta de una serie de himnos por lo que su concepción original antecede la aparición de la escritura en la India. La autoría del Rig-Veda es desconocida, inclusive es considerado una obra impersonal, sin autor; en palabras de los mismos hindúes: “apauruseya”, cuyo significado podría traducirse a “no de un hombre, sobrehumano”. Dentro de los mismos himnos védicos se afirma que sus autores fueron los llamados “Rishis”, estudiosos de la sabiduría védica.
El tópico que ha despertado mi curiosidad, y el cual se menciona dentro de varios de los himnos védicos es el de una sustancia que es descrita como un dios por sí mismo, por lo que es considerado como un narcótico divino de la antigüedad en algunas regiones de la India. En muchos de los himnos se alaban las cualidades en cuanto a su divinidad, así como a sus cualidades embriagantes y energizantes, mencionando que el exceso en su consumo conducía a un estado de enajenación irreversible. El alucinógeno se ganó un lugar privilegiado dentro de las ceremonias religiosas y espirituales practicadas en la región del Valle del Indo, donde la religión védica asentó sus bases, aunque su uso no se limitó solamente a los practicantes de dicha religión puesto que se tienen registros de su uso por otros pueblos de las periferias, tales como los antiguos indoiranios y las culturas persas asentadas en lo que hoy es Irán. Así mismo teniendo mención de su uso para los mismos fines espirituales dentro de la religión zoroastrista.
A pesar de la popularidad que gozó durante siglos, la identidad precisa de los ingredientes que componían dicho alucinógeno no se ha esclarecido, en parte debido a lo vago de la descripción dada en los registros donde se menciona. Existiendo diversas hipótesis de su composición, a título personal me inclino a pensar que la planta utilizada para crear el Soma vendría siendo una especie de hongo muy conocido por sus propiedades alucinógenas, narcóticas, y en dosis altas delirantes, hasta mortales, dicho hongo sería la Amanita Muscaria, una especie que goza de una gran popularidad mitificada dentro del campo de la psiconáutica. Los textos la describen como una bebida que era extraída como savia de los tallos de cierta planta montañosa que poseía frutos de color amarillento, pardo o castaño claro encajando con la apariencia que posee el hongo en cuestión. Remitiéndome al aspecto geográfico para sustentar mi elección por la Amanita Muscaria, se describe que el Soma era traído de regiones altamente montañosas, hallándose el registro dejado por el médico ayurvédico Sushruta quien escribió que el Soma con mejores cualidades y potencia podía ser hallado en el curso superior del río Indo y en la región de Cachemira, el ambiente que encaja a cabalidad con el entorno en donde se da el cultivo salvaje de la Amanita Muscaria. Esto hacía que la materia prima para la preparación del Soma fuera de difícil acceso, y debía de ser comprado a mercaderes viajeros que se aventuraban por aquellas montañosas regiones inhóspitas. Dejando testimonio de cómo las condiciones materiales influyen en el entorno religioso al existir oraciones expiatorias de perdón hacia los dioses por tener que utilizarse otras plantas sustitutas en sus rituales, esto debido a que por diversos factores se perdió el contacto con aquellos mercaderes, o el suministro fue cortado.
Así como las dinámicas sociales van cambiando, la religión no escapa de dicho dinamismo, una nueva religión vino a reemplazar la antigua religión védica, y que rige hasta nuestros días; habló del hinduismo. No obstante, el culto que existía alrededor del Soma no perdió vigencia y se mantuvo, aunque con inevitables modificaciones que sirvieron como adaptación para encajar dentro de los preceptos dictados por el hinduismo. Aunque su uso se fue diluyendo la influencia que ejerció dicho brebaje se ha mantenido hasta nuestros días, adaptando la idea que constituye su esencia conceptual, llegando a aparecer una variante más acorde a un futuro posmoderno en la novela de ciencia-ficción escrita por Aldous Huxley, quien la describió como una droga que ayuda al consumidor a escapar en un viaje de placer extasiante y carente de cualquier tipo de consecuencia físico o psicológica desagradable. Mencionando otro ejemplo más apegado al campo del marketing capitalista, al ser adoptado como nombre para el fármaco Meprobamato, recetado para como ansiolítico y que gozó de gran fama llegando a ser de venta libre en el mercado estadounidense durante la década de los 50´s. Dejando como reflexión final la necesidad del ser humano de buscar alivios a la ansiedad que le causa su propia existencia, representada por las vicisitudes de su contexto temporal-cultural, hallándose en sustancias de propiedades narcóticas a las cuales han sido revestidas de auras de acción que varían desde la connotación divina rindiéndole culto, hasta su adaptación a obras ficticias que bien puede servir de analogía para su representación en la sociedad narcotizada posmoderna que cuenta dentro de sus hábitos el uso adictivo de fármacos hasta el punto de alterar su uso original y desarrollando conductas de abuso y dependencia. Parafraseando la cita de Paracelso, alquimista del siglo XVI: “Lo que diferencia a un veneno de un medicamento, es la dosis”. («Todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace el veneno»).
Ernesto Rodríguez
Quetzaltenango, Guatemala

Ernesto Rodríguez nació en la ciudad de Guatemala en 1991, reside en la ciudad de Quetzaltenango desde el 2021. Acreedor de reconocimientos cinematográficos, escritor que se ha aventurado en distintos géneros, como narrativa, poesía, ensayo y guion cinematográfico. Practicante de artes plásticas. Padre de familia y esposo.