Ya ni modo

Le pasaron tantas ideas por la cabeza. Pensó en regresarse al pueblo, a vivir de nuevo con su mamá y una vez más soportar el sol abrasador mientras trabaja la tierra ajena, pero era una idea fugaz porque sabía bien que allí no sería recibido por aquello que les hizo. Sintió la impotencia de no lograr sobresalir y haber construido un mejor mañana. Abatido por la noticia golpeó con sus puños incansablemente la mesita de pino. Entre las ideas retorcidas imaginó un accidente ‒sí, algo que simulara un accidente‒ para evitar cualquier sospecha y que se viera algo tan normal. Por último, deseó tener un revólver y terminar todo.
Le sujetó el brazo esperando nunca soltarse de él e implorando obtener una señal de consuelo. Lágrimas y sollozos inundaron la cama del cuartito que alquilaban. Estaban los dos, entre las sombras de la noche planeando qué iban a hacer.
Jacinta, se sobó incansablemente el vientre. Él amenazó con huir, pero la consciencia o la culpa judeocristiana le hizo un remordimiento que se sintió obligado a quedarse con su mujer, y ya ni modo, qué más les queda.
Allí está, el ahora marido, el que no le desea ni mucho menos le ama, el que a gritos le recrimina que solo espera que el bastardo ‒como él le llama‒ mejor no nazca. Ya son cuatro meses de embarazo y no han comprado ningún biberón, ni pañales, ni nada. ¿Asistir al hospital o con un médico? No. Con esta cuarentena solo él va a su trabajo de conserje en las únicas oficinas que abrieron en el edificio. Ella lo espera, en silencio, con la comida lista y la habitación aseada. Lo soporta con indulgencia, está sola, con el fruto de sus entrañas que aún no nace; encerrada con el que parece ser su marido.
Jacinta llora por el bebé que espera, al que no planeó. La tristeza la sucumbe, no tiene a nadie ni en esta ciudad ni en ninguna otra, solo es ella y su desgracia. Le pesa no tener una madre o una tía a la que pueda compartirle la sonrisa que le provoca la carne nueva que se forma adentro de sus vísceras. Allí está, con un hombre que la aborrece, compartiendo la cama con resignación. En esas cuatro paredes hay silencio, soledad y sufrimiento. Las miradas se vuelven tan hirientes que es mejor cerrar los ojos y esperar la nueva mañana.
El vientre crece y la par un martirio. La habitación es nauseabunda, aunque esté la mesita de pino limpia, la cama tendida y la ropa doblada; todo en ese limitado recinto es como un cadáver que se descompone y nadie le da un entierro. El infeliz hombre le dio un puntapié en el tobillo que le provocó tanto placer al verla caminar como una perra renga; descargó con ira su frustración al saber que será padre de un niño que puede nacer enfermo.
La mujer le soporta todo y aunque se queje o reclame, poco importa, de todas formas ni se le entiende. Pero algo en el alma le calma, su aliciente es saber que tiene algo seguro, que aún permanece el marido que no ha huido, al que le ha cuidado y atendido porque espera que su hijo crezca con su padre, que tenga los dos apellidos y que nunca nadie le juzgue. Pero, ¿escapar? ¿Irse lo más lejos? No, ¿a dónde? Están como atados, así se sienten, sin salida. Para alejarse un poco de la mala convivencia, Jacinta está pensando en el nombre del bebé, al que la creencia o superstición le hace imaginar que tendrá a un varoncito. El marido, el que la acepta como un semianalfabeta, ufana de encontrar las mejores palabras para ser lo más hiriente; ante el nombre de su futuro hijo nada más ha dicho, que aunque la criatura se llame Jacinto, Alberto o Rodrigo, todos dirán “allí va, el hijo de la mudita”.

Mynor A. Barrios G.
Guatemala

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